Irán 4. Police! y otras historias más agradables

Regresé a Teherán en tren y pasé allí un par de días (otra vez en casa de Alireza). Aproveché para quedar por última vez con Korneel y también con Saleh (que me había dicho que le avisara cuando volviera y se tomó un tren desde Isfahan para venir a despedirse).

Había retomado las ganas de Vita y salí un día a las 4 de la tarde, disfrutando de nuevo de las caras de sorpresa, saludos sonrisas y fotos de la gente…..me había sentado bien tomarme un tiempo 🙂

Uno de los días que estuve fuera de la ciudad, hubo dos atentados terroristas que mataron a 12 personas. No sé si tengo cara de sospechoso pero, ese día, mientras subía castigado por el calor,  paré en una de las pocas sombras que vi en muchos km. Tuve la mala suerte de que el camino donde me paré llevaba a un cuartel. Enseguida se acercaron dos militares que me querían llevar dentro para pasar a un ordenador la tarjeta de la cámara que llevo en el manillar y ver lo que había grabado. Me pasé un buen rato intentando convencerlos, a los dos del principio y a dos que vinieron después, de que llevaba la cámara apagada y que no había grabado nada, lo cual no fue fácil pues su nivel de inglés estaba a la misma poca altura que el mío de farsi (el idioma local).

Cuando ya los había convencido, uno de ellos, que me había pedido que le regalara varias collares y pulseras que llevo en la bici (y hasta las chanclas que llevaba puestas), se me acercó “sigilosamente” (o al menos parecía que lo estaba intentando, aunque los otros estaban a menos de un metro) y me dijo “marihuana, marihuana”….no entendí muy bien si me estaba ofreciendo o era otra de sus peticiones, pero no me pareció ni momento ni lugar para este tipo de transacciones, así que le dije una vez más que no y prometí fijarme más en donde paraba en adelante.

Se me hizo de noche y no encontraba sitio para acampar.  Salí por un camino y paré a las afueras de un pueblecito. Pasaron dos jóvenes y me preguntaron qué hacía allí. Les expliqué que buscando un sitio donde poner mi tienda, me dijeron que esperara y volvieron a los 10 minutos con las llaves de un huerto vallado que había al lado.  Me dijeron que podía dormir allí y llevarme toda la fruta que quisiera al día siguiente. Se fueron dejándome allí pero, en menos de media hora, volvieron con unos pasteles de arroz envueltos en vegetales para que cenara.

Cuando me vieron cansado, se fueron y me acosté pero, a las 2 de la mañana tuve una visita de la policía (aún no sé cómo se enteraron que estaba allí) y sufrí mi segundo interrogatorio del día.

A la mañana siguiente, mientras recogía mis cosas, vi a dos personas mirando por encima del muro que protegía el huerto.  Me dijeron que eran policías y que les abriera. Por tercera vez me tocó enseñar bici, mapa  e intentar explicar con gestos que solo era un viajero. Llamaron a alguien que hablaba mejor inglés que ellos y, tras un pequeño y fácil interrogatorio, me soltó la pregunta definitiva:

– “¿ha hecho usted algo malo en su viaje?”

…y mi “yo? noooo!” debió sonar convincente, porque ya no hubo más preguntas y me dejaron tranquilo.

Pedaleé un  par de días más hasta llegar al mar. Mi ruta pasaba cerca de casa de Neda (la guía turística que conocí en Teherán) y acampé a 20km de su casa la noche antes de mi cumple.

Sin pensarlo mucho, se vino con un su hermana y una amiga, se trajeron el kit de picnic (que todo iraní que se precie lleva en el maletero del coche, ya que es una actividad que les encanta) y  cenamos allí mismo. También se habían traído un pastel y ganas de cantarme el “cumpleaños feliz”, pero abortaron el plan cuando se enteraron de que en España eran 3 horas menos y me dejaron allí durmiendo.

Al día siguiente, tras darme un baño en el mar, me fui a su casa. No la encontraba y un chico se acercó y me ofreció su ayuda. Yo tenía el número de la casa, él llamó para explicarles donde estábamos y el padre de Neda vino a por mí.

Y hago un pequeño receso para que entendáis un poco mejor el concepto de hospitalidad iraní: a partir de ese momento yo era “su invitado”. Le dijo a su hija que, hasta que saliera del país, sentía que tenía una responsabilidad conmigo y, de vez en cuando, le decía que me escribiera para ver dónde y cómo estaba. Por otra parte, el chico que me ayudó con el teléfono, se acercó a la casa mientras yo me duchaba para pedir permiso para llevarme con sus amigos y enseñarme los alrededores….a lo que el padre se negó, alegando que no podía dejar que su invitado se fuera con un desconocido.

Por la tarde, Neda, su hermana y la amiga me llevaron a un parque nacional. Estábamos en Ramadán y era un día de luto. El parque estaba cerrado pero la amiga, que era abogada, bajó a hablar con el guarda y le convenció de que nos dejara pasar contándole que yo era un viajero que venía de España y me llevaban allí para celebrar mi cumple. Así que pasamos la tarde con el parque para nosotros solos y acabamos, esta vez sí, con el pastel de cumpleaños y hasta me regalaron una preciosa pulsera que desde ese día llevo  siempre conmigo… aún tuve otra sorpresa, esa noche me tomé mi primera cerveza en Irán….. y me acosté más que agradecido por el buen trato que me habían dado sin apenas conocerme.

Continué mi ruta al día siguiente. La familia de Neda tenía un enorme jardín y se me ocurrió pedirles permiso para coger algo de fruta. Salí con una bolsa con unas pocas ciruelas, melocotones y albaricoques que se multiplicaron cuando el padre de Neda me la quitó de las manos diciendo que cómo me iba a llevar solo eso. Además,  su madre añadió varios tuppers de comida y, aunque me negué unas 10 veces, metieron varios billetes en el bote de donativos que lleva Vita….esa misma tarde, cuando ya estaba buscando un lugar para acampar,  se me rompió el enganche de la alforja donde llevo la comida por el sobrepeso!

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Rumbo al norte.

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Celebrando mi cumple con Neda, su hermana Nasim y su amiga Fathemeh.

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Despidiéndome de Neda y su familia.

Seguía acaparando muchísima atención por parte de la gente y todos los días eran muchísimas veces las que alguien intentaba que me parara para hacerse una foto conmigo. Para no saturarme,  decidí parar solo si había niños. En Irán prácticamente todos los jóvenes tienen Instagram y me cansé de parar con gente que solo quería subir una foto conmigo a su cuenta pero, si había un niño, daba igual que sus padres sí que se hicieran fotos (o que otra gente aprovechara para parar y ponerse en cola, literalmente, para hacerse la foto), sus ojos como platos y su sonrisa lo compensaban todo. La generosidad de la gente también seguía y todos los días me regalaban mucha fruta.

Por las noches, necesitaba estar conmigo mismo para cargar las pilas y rechazaba prácticamente a diario las invitaciones que me hacía la gente para que me quedara en su casa, así que acampé mucho esos días.

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Rumbo al este.

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Rumbo al este.

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Rumbo al este.

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Rumbo al este.

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Rumbo al este.

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Últimos días junto al mar.

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Últimos días junto al mar.

Me dirigía hacia el este del país sin saber si me habían dado el visado de Turkmenistán. Uno de los más complicados de este tramo del viaje.  Conseguirlo es una lotería y no parece haber ninguna lógica de por qué a unos se le dan y a otros no (de 8 viajeros que había conocido, solo se lo habían dado a dos).

Si no me lo daban, tendría que deshacer el camino y volver hacia atrás hasta la frontera de Azerbaiyán para tomar un ferry, cruzar a Kazajistán y entrar en Uzbekistán antes de que me caducara el visado de ese país….por si  eso fuera poco tenía que volver a Teherán a recibir una ilustre visita y tenía fecha fija para llegar a Tayikistán porque llegaba otra visita allí.

Eran demasiadas dificultades por un papel, así que llamaba a la embajada prácticamente a diario para quitarme la incertidumbre de encima. Normalmente no contestaban y, cuando lo hacían, solo conseguía un: “aún no hay respuesta para su solicitud, llame en unos días”. Finalmente, un día escuché el tan ansiado “su visado le está esperando en Mashad”. Estaba en el parking de un área natural y creo que no hubo un solo iraní de los que estaban allí que no se me quedara mirando mientras levantaba mis manos al cielo y daba las gracias repitiendo “Siiiiiii!!!”

Y me llevé mi alegría a pedalear:

 

 

Finalmente llegué a Mashad, recogí mi visado y pasé un par de días en la ciudad. Me escondía del sol durante el día (hacía muchísimo calor) y, por las noches, me iba al famoso mausoleo del Imán Reza, me sentaba en un rincón en la hora del rezo y me quedaba absorto viendo escenas como esta:

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Mausoleo del Imán Reza.

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Mausoleo del Imán Reza.

Como ya he comentado, tenía visita en Teherán. Fran, uno de mis interceptadores habituales, venía con su compañera, Mar, a verme unos días. Dejé a Vita en Mashad y me pasé una noche en un tren para poder verlos. Con los visados con fecha fija (que yo no sabía aún cuando ellos compraron los billetes) solo pude coincidir con ellos 3 días, pero fue todo un soplo de aire fresco compartir con ellos su alegría y buen humor y sus primeras impresiones al conocer un nuevo país durante ese tiempo.

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De turismo con Fran y Mar.

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De turismo con Fran y Mar.

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De turismo con Fran y Mar.

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De turismo con Fran y Mar.

Volví a Mashad otra vez en tren, aprovechando la noche para viajar. Llegué por la mañana y empecé a pedalear ese mismo día, que ya iba con el tiempo justo para entrar en Turkmenistán.

En un grupo de whatsapp de viajeros había conocido a Alejandro, un cicloviajero español que venía detrás de mí. Él iba hacía Mashad a recoger su visa y yo tenía que volver atrás unos 100km para tomar el desvío hacia la frontera. Había ojeado su blog (www.orienteando.com) y me había ganado con una frase que había escrito “…encontré un viejo mapa de papel en que dibujé un plan, solo espero no cumplirlo”  así que tenía ganas de conocerlo. Le mandé la ubicación de un buen sitio donde yo había acampado cuando iba hacia Mashad y quedamos allí.  Compartimos cena, nos pasamos varias horas de palique y nos despedimos al día siguiente con la esperanza de reencontrarnos más adelante.

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Con Alejandro.

Seguí mi camino, acampé una noche más y, tras dos meses en este precioso país, salí hacía Turkmenistán, el primero de los “tanes” que había en mi camino.

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Último amanecer en Irán.

 

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Irán 3. Maravillas de la antigua Persia

Como iba diciendo….había llegado el momento de separarse de Vita. Había hecho los deberes en Teherán: ya tenía el visado de Uzbekistán, acababa de ampliar el de Irán y presentado los papeles para el de Turkmenistán. Para este último me dijeron que tenía que esperar 3 antes de tener una respuesta, así que le pedí prestada una mochila a Alireza y me dispuse a recorrer el país.

En Teherán fui varias veces a la cafetería de Eli y Hamid a tomar algo con ellos. Una de las tardes que iba a hacerlo, se me juntó de camino un chico, Saleh, que también se desplazaba en bici y que se quedó alucinado con Vita. Ni él hablaba casi inglés ni yo farsi, pero conseguí explicarle dónde iba y me preguntó si me podía acompañar. Le dije que sí y, una vez en la cafetería, aprovechó para que Eli me tradujera todas las preguntas que tenía sobre mi bici. Me dijo que vivía en Isfahán y, al contarle que tenia la intención de viajar por el país, me dijo que le avisara si iba para allá.

Isfahán era precisamente mi primer destino. Antes de tomar el tren nocturno que me iba a llevar a esa ciudad, le escribí un mensaje para decirle que llegaba al día siguiente. No hizo falta nada más: cuando llegué me estaba esperando y me llevó directamente a su casa. Allí pasé 3 días en los que su madre me estuvo cebando y él haciendo de guía turístico. Me llevó, unas veces con coche y otras en moto, a todos los rincones de esa preciosa ciudad, intentando colarme como local en los sitios en los que los turistas pagan 10 veces más que los locales y presentándome con orgullo a sus amigos.

Desde el accidente, tenía un dolor muscular en la espalda que me iba a más. En Teherán intenté ir a un fisioterapeuta, pero me dijeron que en este país no podías hacerlo sin antes pasar por un médico para que te firmara un papel autorizándote. Me pareció mucho lio y no fui, pero el dolor seguía aumentando: me molestaba hasta respirar fuerte y, a veces, las molestias se me extendían hasta el brazo. “Casualmente” (una vez más) Saleh tenía un amigo fisioterapeuta al que me llevó cuando le conté mi problema. Me hizo una sesión de acupuntura y me mandó unos ejercicios con los que, al cabo de unos días, quedé como nuevo….y no me cobró nada.

LRM_EXPORT_20170911_171738Saleh  en su casa, su madre al fondo.

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LRM_EXPORT_20170911_172001Isfahán.

Cuando Saleh ya me había llevado a ver los monumentos, cafés, escuela de música, museos, puentes y todo lo que pensaba que debía ver en su ciudad, me propuso llevarme al desierto a acampar. Ese día conocimos a una pareja de mexicanos (a los que también invitó) y nos fuimos, con un par de amigos suyos, a pasar la noche allí….que no a dormir, porque por la noche, con la luz de una hoguera y miles de estrellas, no apetecía nada meterse en la tienda y aguantamos hasta las 4 y, al día siguiente, a las 6 ya estábamos levantados para disfrutar de los bellos colores del amanecer pintando la arena.

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LRM_EXPORT_20170911_171629 LRM_EXPORT_20170911_164105En el desierto.

Me despedí con un gran abrazo de Saleh, más que agradecido por todo lo que hizo por mí y me fui primero a Shiraz (desde donde visité las ruinas de la antigua Persépolis), y luego a Yazd, otras de las maravillas de Irán. No quería ser una carga para nadie y me apetecía un poco de independencia, así que hice vida de hostal con otros viajeros en estas ciudades.

Y ahora, por fin, voy a hacer algo que hace mucho tiempo que quería hacer, callarme (bueno, en este caso parar de escribir) y dejar que sean las fotos las que hablen.

Solo comentar que no sabía muy bien lo que me iba a encontrar en estas ciudades. En Teherán había conocido a Neda, una guía turística que me hizo una pequeña lista de sitios a visitar. Eran solo unos nombres en farsi que me decían más bien poco y fui recorriéndolos sin saber muchas veces qué era exactamente lo que iba a ver….y tengo que reconocer que varias veces me emocioné ante lo que veían mis ojos.

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LRM_EXPORT_20170911_162651Persépolis.

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LRM_EXPORT_20170912_110414LRM_EXPORT_20170912_110400Shiraz.

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LRM_EXPORT_20170910_142017Yazd.

 

 

 

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Irán 2. Un “pequeño” toque de atención y algunas curiosidades del país.

Os adelanté hace un par de entradas que en Irán, por desgracia, comprobé que Vita no era la única que iba a salir con cicatrices de este viaje. Esta es la historia de la mía.
Era el primer día que viajaba con Goyo  y el camino se puso pronto cuesta arriba. Ya comenté que él iba más rápido que yo y, con la carretera empinándose, se me alejó pronto. En algún momento en todos mis viajes he practicado el “arrastring”, que no sé si tiene un término oficial, pero es como yo llamo a aprovechar que te adelanta un camión (tractor o similar) que no va a mucha velocidad, agarrarte a él y dejar que te arrastre durante un rato. Ese día lo hice por primera vez en este viaje….y no fue precisamente el mejor “arrastring” de mi vida:

Pasa un camión que va suficientemente lento a mi lado y aprovecho para engancharme. El camión transporta una gran estructura de hierro alargada y, detrás del mismo, un coche empieza a pitar en cuanto me engancho. Al principio no sé muy bien si es alguien que me está saludando (mucha gente tiene la costumbre de pitar cuando me adelanta), animando o riñendo. El coche insiste con sus pitidos cada poco,  así que prefiero no girarme, intuyendo que puede ser uno de esos coches que van detrás de los camiones con carga pesada escoltándolos. Adelanto a Goyo muy feliz con un “vaaaamos Goyo!!!”pero, a los pocos metros, el camión, creo que alertado por los pitidos del coche, empieza a arrimarse hacia el andén. No estoy en el ángulo de visión del conductor y no puedo avisarle de que me está acorralando.  Me suelto enseguida y freno para intentar que el camión me adelante cuanto antes mientras, con mucha tensión, me voy arrimando al guardarrail, cada vez con menos espacio.

De repente, algo me golpea justo encima de la cabeza quitándome el sombrero y, al instante, noto un fuertísimo golpe en la espalda que me tira al suelo dejándome aturdido unos segundos.

No entiendo lo que ha pasado, hasta que levanto la cabeza y veo que el camión tiene, en la parte de atrás, unas barras que sobresalen por los laterales y que son las que me han noqueado.

Me cuesta incorporarme por el fuerte dolor. Llega Goyo con cara de preocupación, le enseño la espalda y me dice que tengo un buen golpe. Me siento un rato a recuperarme, tanto del golpe como del shock.  Es raro pero, aparte de la herida en la espalda, no tengo ni un rasguño en mano, codo o rodilla, como suele ser normal cuando te caes de la bici. Creo que el golpe ha sido tan seco que no ha dado ni para que me arrastrara por el suelo. Por otra parte, tal y como le comento a Goyo esa noche, he tenido suerte a pesar de todo: Si hubiera ido un poco más erguido la primera barra me habría golpeado la cabeza y, sin duda, las ruedas del camión han pasado muy cerca tanto de mi como de Vita.

Estamos ahí un rato cuando vienen el camionero y el conductor del coche para ver cómo estoy. Les digo que ha sido culpa mía y se ofrecen a llevarme a un médico pero, aunque el golpe sigue doliendo (y está claro que lo hará durante varios días),  creo que no es para tanto y les digo que no. Tras un buen rato volvemos a ponernos en camino. El camión sigue parado en una vía de servicio que hay unos metros delante y veo mejor las barras que lleva en la parte de atrás, claramente son las que me han golpeado porque tienen la misma forma que mi herida.

…..y ya sé que os quedaríais más tranquilos si os digo que es la última vez que lo hago pero no, ya lo he vuelto a hacer un par de veces….eso sí, desde ese día, siempre miro detrás antes de engancharme  y, por si acaso, lo hago siempre al final del camión para poder soltarme con facilidad si le da por arrimarse al arcén.

DSC_0067_2DSC_0063_2El “pequeño toque” en la espalda.

DCIM100MEDIANo me quedaron muchas ganas de pillar la cámara y hacer fotos, lo intenté desde una pequeña cámara que llevo en el manillar pero solo pude captar la primera barra que fue la que me quitó el sombrero.

Y para que esta entrada no hable solo de desgracias os dejo algunas curiosidades de Irán que pude observar durante los dos meses que pasé allí:

Curiosidades de Irán:

La gente quiere comunicarse contigo! Aunque solo sepan 3 palabras se acercan a ti para decirlas y muchas veces, al pasar por un pueblecito, escuchaba una retahíla de todas las que se sabían “hello!, welcome!, good bye!, I love you!”, otras veces me preguntaban “do you speak english?” y, cuando decía que sí, ellos respondían “ok” y se iban sin decir nada más. Otra que me hizo mucha gracia es un chico que se me acercó, dijo “hello!”y se notaba que estaba pensando para decir algo más….tras unos segundos me suelta “what time is it?” y estoy seguro que ni siquiera entendió mi respuesta.

Los iraníes aman los selfies! Nunca me habían parado tantas veces con la bici (y espero que ningún país lo supere) para hacerme una foto.  Con Vita lo entiendo, pero también me pasó muchas veces después andando sin ella.  Luego, prácticamente sin excepción, me preguntaban si tenía instagram, una pena que no lo tenga porque  tendría miles de seguidores ahora 😉

Irán es el país con mayor numero de rinoplastias hechas al año….este es un dato que escuché y que ni he comprobado ni voy a perder tiempo haciéndolo, pero vi a muchísima gente con tiritas o pequeñas vendas cubriendo la nariz y es que, por lo q también escuché, en este país operarse la nariz es un símbolo de status y la gente se deja las tiritas más tiempo del necesario para que más gente sepa que se ha operado.

En cuanto a hospitalidad, había escuchado que Irán es el país más hospitalario del mundo y yo, de los que he visitado, puedo decir que es cierto. Y lo es hasta puntos exagerados. No es que te inviten a un té o a comer, es que te acaban de conocer y desde ese momento parece que su mundo gire alrededor tuyo. Me eché unas buenas risas con Goyo que, cuando se nos juntaba alguno y parecía que para él no había otra cosa en el mundo más que mirarnos a nosotros,  , de vez en cuando soltaba (en español para que no le entendieran, claro)un “¿y tú que planes tenías para hoy?” “¿ibas a algún sitio antes de encontrarnos?” que siempre me hacía reír.

En los trenes, y en algunos autobuses, hay zonas separadas para hombres y mujeres. En realidad hay zonas separadas para mujeres, estas pueden elegir si suben en esas zonas o  con los hombres. Los hombres no pueden subir en las zonas reservadas para mujeres.

En las zonas mas conservadoras del país hombres y mujeres no pueden ni siquiera tomarse de la mano en publico aunque sean pareja y está prohibido tocar a una mujer que no sea tu pareja.  En las ciudades principales si y, de puertas a dentro, las mujeres enseguida se quitan el velo que llevan y lucen orgullosas su pelo.

Me llamó la atención cuánto curran las mujeres. El hombre te invita a su casa pero es la mujer la que sirve el té, recoge las tazas, prepara la cena, la recoge y frega mientras el hombre se dedica al invitado. A mi esto me hacía sentir incómodo y fue una de las razones por las que acampé mucho en este país.

Los iraníes tienen un superpoder: pueden aguantar muchísimo sin mear!! La primera vez me pilló de sorpresa en un bus, me estaba despidiendo de mi anfitrión ates de subir y no fui al baño. Intenté ir un par de veces en las que el autobús paraba para que subiera gente pero el conductor parecía tener prisa y nunca me dejaba. Al final, tras más de 3 horas aguantando y con la vejiga a punto de reventar, aproveché para salir corriendo sin darle tiempo a que me dijera que no. Al volver empezó a reñirme pero me fue fácil explicarle por gestos que era esa huida o mearle dentro. La segunda vez que tomé un autobús no solo fui al baño antes sino que bebí poquísimo esa mañana…y menos mal que lo hice, porque el viaje duró 7 horas y el autobús no paró ni una sola vez!!!

 

 

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Irán 1. Como ser famoso pero sin pasta

Así me sentí en muchas ocasiones en Irán y tengo que reconocer que me costó aprender a gestionarlo. Pero vamos por partes.

Entré en el país después de un buen rato en la frontera donde, a pesar que no revisaron mucho a Vita, a mí sí me marearon llevándome de un funcionario a otro. En el primer pueblo me encontré a Tim, un holandés que tambiéń viaja en bici y pasé mi primera noche en el país acampando con él.

Acampé un par de noches más hasta que llegué a Marand. Allí había contactado con Akbar, de la página de “duchas calientes”, quien no podía alojarme pero me puso en contacto con su amigo Yashar, un estudiante de 18 años que es todo un profesional y devoto guía de ciclistas. en esa ciudad. Él no puede alojar porque vive con sus padres, pero se ofreció a llevarme a un alojamiento y luego enseñarme la ciudad. El alojamiento resultó ser un hotel y me negué a quedarme allí y a que me lo pagara. Él insistía, haciendo gala de una generosidad y un hospitalidad que tendría ocasión de comprobar muchas veces después en este país, pero le dije que no, que me llevara a ver la ciudad que ya saldría algo. …y no tardó ni media hora en aparecer la solución: en el primer sitio que paramos se acercó mucha gente a ver a Vita, entre ellos Ali, quien se ofreció a darme alojamiento. Me llevaron a la tienda de su amigo Mohamed mientras, me dijeron, limpiaban el sitio donde me iba a quedar: una amplia habitación con literas encima de un gimnasio. De vez en cuando venía algún amigo suyo y me pedían que saliera para hacerse una foto conmigo pero, en cuanto la hacía, empezaba a aparecer gente y se formaba un tumulto a mi alrededor: gente que me pedía una foto mientras otro me decía “welcome to my country”, otro “where are you from?”, etc. El tumulto iba creciendo hasta que Yahsar o Ali, se ponía delante de mí escudándome de la gente y mientras el otro me sacaba de allí metiéndome de nuevo en la tienda.

Los más pesados eran los políticos, que estaban en campaña electoral e insistían una y otra vez en hacerse una foto sujetando el cartel con la foto de algún sonriente candidato a mi lado. Esa mañana, antes de llegar a la ciudad, ya se me había acercado un hombre para que pegara uno de esos carteles en Vita. Le dije que no, que ni siquiera sabía quién era el de la foto y me contestó muy sonriente “soy yo!!”. Afeitado, peinado y con traje no se parecía a la persona que tenía delante y, evidentemente, aún sabiendo quien era no acepté poner el cartel.

LRM_EXPORT_20170731_115631Con Yashar, Ali, Mohamed delante de la tienda-refugio.

LRM_EXPORT_20170731_115813Momento de relax alejado de tumultos.

Estuve un par de días en Marand y la escena del tumulto se repitió varias veces. Por una parte estaba muy a gusto con mis anfitriones turnándose para complacerme pero, por otra, me agobiaba un poco lo de las acumulaciones de gente y, además, necesitaba un poco de privacidad y de sentirme independiente y autosuficiente (las preguntas “¿tienes hambre?” “¿quieres un helado?” “¿un té?” y  hasta “¿necesitas ir al baño?” eran continuas y me abrumaba un poco tanta atención).

De ahí me dirigí a Tabriz, y tuve la suerte de conocer a Goyo, un viajero vasco que también iba para allá en su camino hacia Nepal. Quedamos en un parque de la ciudad y allí pasamos dos días acampados aprovechando para descansar, poner a punto las bicis y hacer un poco de turismo. En principio parecía que íbamos a durar poco juntos (ya que viajábamos a distintas velocidades y él hacía bastantes más kilómetros que yo al día), pero nos fuimos acoplando e hicimos todo el camino hasta Teherán juntos. Todo un placer compartir más de una semana con un viajero como él: alegre, solidario, flexible con las circunstancias del camino y de quien no recuerdo escuchar ni una queja en todo el tiempo que estuvimos juntos.

Lo de la atención mediática se seguía dando en la carretera: entrando en Tabriz los coches se paraban en una autovía de 3 carriles delante de mí para hacerme fotos (poniéndome en peligro, ya que me tenía que cambiar de carril con coches viniendo a mucha velocidad por los otros dos) así que, además de por la buenísima compañía, me vino genial estar con alguien para dividir la atención de la gente y dejar que fuera él quien “atendiera a las visitas” cuando yo no tenía humor para hacerlo.

Viajamos más de una semana juntos. Casi siempre acampando aunque, en un par de ocasiones, aceptamos la generosidad de las familias locales para dormir en sus casas. Nos ofrecieron alojamiento varias noches, pero aislarte con alguien de confianza, lejos de las miradas, fotos y curiosidad de los locales, nos apetecía más la mayoría de los días. Nos separamos poco antes de llegar a Teherán, él se fue a casa de su anfitrión y yo a buscarme la vida a ver quién me acogía.

LRM_EXPORT_20170731_115943Con Goyo visitando el zoco de Tabriz.

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LRM_EXPORT_20170731_120004Acampando.

LRM_EXPORT_20170731_120710Reponiendo fuerzas en el camino.

Internet funcionaba muy mal esos días así que llegué sin nada buscado (aunque para nada preocupado, que ya había podido comprobar que la frase que había escuchado a tantos viajeros: “la gente de irán es la más hospitalaria del mundo”, no era una exageración). Ya en la ciudad, me metí en un locutorio y mandé mensajes a varios que ofrecían alojamiento en la página de “duchas calientes”. Mientras esperaba alguna respuesta, me fui a un café que se anunciaba en esa misma página. A pesar de que no podían alojar (porque la pareja que lo llevaba vivía con los padres de uno de ellos) ofrecían un café gratis a los viajeros que pasaran por allí y parecía un buen sitio para esperar.

El café se llama “Dr coffe” y allí me encontré a la encantadora Eli y su marido Hamid. Cuando se enteraron de que aún no tenía alojamiento, llamaron a su amigo Hadi que no dudó en alojarme. Vino a buscarme, fuimos todos a cenar juntos y acabamos el día en casa de Hamid compartiendo té y una de las deliciosas sandias locales que tantas veces iba a poder degustar en este país.

LRM_EXPORT_20170731_120854Con Hamid, Eli y Hadi en la cafetería.

Al día siguiente, tras dejar que también me invitaran a desayunar,  me trasladé a casa de Alireza, un corredor de ultra maratones que fue el primero que contestó a mi petición. Un hombre súper relajado y tranquilo que, nada más llegar, me dió las llaves de su casa y toda la independencia del mundo para hacer lo que me viniera en gana. Lo único malo era que la casa tenía el techo de uralita y era un auténtico horno, pero aun así, abusando de su generosidad, acabé pasando allí un total de 16 días, aunque divididos en 3 partes.

La primera duró más de una semana, aproveché para conocer un poco la ciudad, ampliar mi visado en Irán, gestionar los visados de Uzbekistán y Turkmenistán, poner a punto a Vita y comprar cosas para la siguiente parte del viaje. También para compartir tiempo con otros viajeros, en concreto con los suizos Mathias, Gregor y Claudia y el turco Barish, que también pasaron esos días por casa Alireza y quieres hicieron aún más agradable mi estancia allí. También pasé un par de tardes con Korneel, el viajero belga que conocí en Italia y con quien también coincidí en Turquía.

LRM_EXPORT_20170731_121955Con Alireza en su casa.

LRM_EXPORT_20170731_121844Mathias, Gregor y Claudia.

LRM_EXPORT_20170731_121644Un día Alireza  nos llevó a su club de ciclismo a dar una charla sobre nuestros viajes.

LRM_EXPORT_20170731_121813Cena popular en casa de Alireza.

Mi idea era bajar a la mítica Isfahan en bici y, desde allí, cruzar el desierto con destino a Mashad (al este del país) para pasar a Turkmenistán pero, cuando lo contaba, todo el mundo me decía que era una locura hacer eso en esta época del año. Por otra parte, en esta enorme ciudad me movía mucho con Vita y estaba bastante saturado de que la gente se acercara a preguntar cada pocos segundos. Ya no me hacía tanta ilusión y, en demasiadas ocasiones, me costaba responder con una sonrisa.

Recuerdo que antes de empezar el viaje mucha gente me preguntaba si no tenía miedo. Yo solía responder que el único miedo que tenía era el de cansarme de la atención de la gente…. y me estaba empezando a pasar. Así que decidí dejar a Vita unos días, pillar una mochila y aprovechar los transportes públicos para conocer algo más de este maravilloso país…..pero eso será en la próxima entrega, que Irán es mucho Irán y no cabe en un solo post 😉

LRM_EXPORT_20170731_120907Teheran.

LRM_EXPORT_20170731_121023Teheran.

LRM_EXPORT_20170731_121051Teheran.

LRM_EXPORT_20170731_121501Comprando suministros para el viaje.

LRM_EXPORT_20170731_121337La oferta es amplia 😉

LRM_EXPORT_20170731_121136Teheran.

LRM_EXPORT_20170731_121115Teheran.

LRM_EXPORT_20170731_121156Una de las exóticas bebidas con las que calmar el calor en la capital.

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LRM_EXPORT_20170731_120611Uno de los antiguos caravansarais que los viajeros han usado para alojarse durante siglos en este país.

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LRM_EXPORT_20170731_114848Acampando en uno de los fértiles valles del país.

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LRM_EXPORT_20170731_133956Rumbo al este…

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Turquia. ¿De verdad he llegado hasta aquí?

Entré en Turquía con muchas ganas de llegar a Estambul y apreté el ritmo hasta lograrlo. La entrada en esa ciudad fue de lo más estresante: aún me quedaban 50 km y ya estaba en una autovía de 3 carriles centrales y dos carriles laterales por sentido. Yo iba por estos últimos que, en principio, parecían mejores, aunque con la cantidad de coches y autobuses que se me cruzaban para entrar o salir de la vía principal, dudaba muchas veces que esa fuera la mejor opción. Por una parte fue un estrés, pero por otra estoy seguro de que ahí batí el récord de sonrisas por hora: imposible contar todos los coches que me adelantaban saludándome, grabándome o haciéndome fotos!

Los pitidos eran constantes. La mayoría para saludarme, unos pocos para recriminarme (porque el conductor de turno pensaba que esa carretera no era para mí) y otros para acelerara el coche que se había puesto junto a mí para grabarme.  Después, en muchas ocasiones, el siguiente coche también se ponía a mi lado para grabarme un rato, así que no sé muy bien si le estaba recriminado la velocidad al primero o estaba pidiendo su turno 😉

Al final, con una buena dosis de adrenalina, llegué a Estambul. Me fui directo a la plaza de Sultanahmed, el centro turístico de la ciudad, con la idea de hacer un par de fotos e ir a casa de mi anfitrión a disfrutar de una ducha y un merecido descanso, pero se me empezó a acercar gente para preguntar por el viaje y hacerse fotos conmigo y estuve allí casi dos horas. En un momento dado, un turco que estaba mirando me dijo “deberías cobrar!”. Yo me reí y le dije que no, que había hecho esta bici para sorprender y hacer sonreír a la gente y que eso debería ser gratis (aparte de que si le pongo el cartel para cobrar no se acerca ni el tato). Él insistía y me decía “que no, que tienes que cobrar!!! ¿No ves que tienes gente haciendo cola para fotografiarse contigo??” Y así era: entre turistas y locales tenía una pequeña cola de gente esperando….y fue en ese momento cuando, por primera vez en este viaje, valoré lo que había hecho: ni más ni menos que llegar desde mi casa hasta las puertas de Asia. Un pequeño paso comparado con lo han hecho otros viajeros, pero era mi paso y empecé a sentirme orgulloso por ello.

Me dirigí a casa de mis anfitriones, Hamsa y Gaia quienes regentan un centro de yoga y meditación donde pasé una semana. Un remanso de paz durante las horas que pasaba allí y que contrastaban con el ajetreo de los bazares y tiendas a los que fui a buscar algunas cosas que me hacían falta para proseguir mi viaje, reparar otras tantas o simplemente perderme paseando por ellos. Normalmente en las ciudades suelo aparcar a Vita para disfrazarme de turista normal, pero en esta tan grande prefería moverme con ella a usar el transporte público y la gente me lo pagaba con sonrisas, fotos y buen trato allá donde iba. Otro de los sitios en los que, más que desplazarme, parecía que iba desfilando de un sitio a otro. Me encanta Estambul y fue un placer hacer vida de barrio allí. Tener mi café donde acabar de despertar por la mañana y desconectar un rato cada tarde, mi pastelería donde darme mi capricho diario y escuchar, prácticamente todos los días, las palabras “España” y “Malasia” en las explicaciones que los comerciantes del barrio, que ya me conocían, daban a sus clientes cuando yo pasaba por delante.

Había pedido el visado de Irán antes de llegar a Turquía. Pensaba que iba a tardar más pero, un par de días antes de llegar a Estambul, me llegó la confirmación de que me lo habían concedido. El único problema es que lo tenía que recoger en Erzurum, al este del país, y tenía menos de 3 semanas para hacerlo. Había llegado el momento de atajar y decidí recorrer el sur de país buscando un mejor clima. Solo tenía que tomar un bus y, en unas 12 horas, podía estar pedaleando al lado de la costa y volver a nadar en mi querido mediterráneo.

La salida de Estambul también fue muy estresante, para llegar a la estación de autobuses tuve que recorrer varios km de autovía, solo que esta vez lo hice de noche lo que le añadió un extra de emoción. Di un buen respiro cuando llegué, pensaba que el resto sería fácil, pero no lo fue tanto:

Nada más llegar paro en una de las muchas empresas de autobuses que hay. Los de la oficina flipan con mi bici y, tras preguntar si puedo viajar con Vita, me dicen que sí. Está a punto de salir un autobús y en ese no, pero que en una hora sale otro y seguro que puedo meterla. Me comentan que el que tiene la última palabra es el “captain” (el conductor) y que llega en 5’. Me espero y no llega hasta 10´antes de que salga el bus. Mira mi bici y me dice que no la puedo meter, que está lleno. Estoy seguro de que no es así, pero no consigo convencerle. Justo en ese momento pasa por allí Sinan, un guía turístico que habla español. Me pregunta qué me pasa y se ofrece a ayudarme. Como si el problema fuera suyo, se pasa casi 3 horas conmigo, yendo de empresa en empresa, entrando para sacar al responsable de turno y enseñarle mi bici. A más de uno, cuando dice que no y se da la vuelta para irse, lo coge de la manga para llevarlo a la bici y enseñarle el mapa que llevo detrás para que vea lo que estoy haciendo e intentar ablandarle. Uno tras otro se niegan. Sinan no pierde la sonrisa en ningún momento y sigue insistiendo a pesar de que es muy tarde y le están esperando en casa (y claramente está ocupado porque no para de recibir llamadas). Al final logra convencer al responsable de una de las empresas pero le dicen que, como llevo mucho volumen, tengo que pagar dos billetes. Acepto y Sinan me invita a cenar algo mientras esperamos que llegue el autobús. Luego me ayuda a desmontar la bici (llenándose de grasa) y a meter bici y equipaje dentro.  Cuando ya está todo, vamos a por el billete y, entonces, la empresa decide que tengo que pagar no 2 sino 3 billetes. A mí, con la hora que es,  y solo por no tener que sacar a Vita y empezar de cero, ya me da igual, pero Sinan, no contento con este cambio de última hora de sus compatriotas, me dice que yo solo pague mi billete y que él pagará por la bici. Le digo varias veces que no, que ya ha hecho muchísimo por mí, pero es más cabezota que yo (lo cual no es fácil) e insiste hasta que le dejo hacerlo. Así que si alguno de vosotros viene a Estambul y necesita un guía os recomiendo (y casi que os ruego) que le contratéis a él para devolverle en parte todo lo que hizo por mi (dejo una copia de su tarjeta bajo en las fotos).

Tras un largo viaje en bus llegué a Antalia con muchas ganas de pedalear, pero a Vita no le había sentado muy bien el viaje y la dirección (que ya venía arrastrando problemas) dijo basta. Rentabilicé parte de las herramientas y repuestos que cargo desde que salí montando un pequeño taller de bicis en el andén de la estación (donde no faltaron manos para ayudarme) y en un par de horas pude continuar mi viaje.

Ya no tenía las prisas de llegar a Estambul y pude disfrutar no solo de los bellos paisajes de este país, sino también de la simpatía y amabilidad de su gente. Mucha gente me comentó que ya casi no venían españoles desde los atentados de finales del año pasado y principios de este. Yo me sentí tan (o tan poco) seguro como en cualquier ciudad europea. El país es barato, tiene muchísimas cosas que ver,  la comida es deliciosa y la gente amable. Lo de que me invitaran a un té (que a veces venía seguido de desayuno, comida o picnic) era una rutina que se repetía varias veces al día y que hacía que mi media de km bajara tanto como la de las sonrisas subía. El récord de “no velocidad” lo batí un día que me había levantado a las 7 y, a las 11, tras una invitación a té, otra a desayunar y otra parada de un motorista para preguntarme si me hacía falta algo y charlar un rato, solo había recorrido 3 km.

Recorrí con placer parte de la costa sur, acampando siempre cerca de un mar que no iba a volver a ver en mucho tiempo y aprovechando para darme algún chapuzón que, aunque frío, me sentaba de maravilla. Llegué a Mersin ya necesitado de lavar tropa y descansar un poco. Había contactado con Nuzhet, una profesora de universidad que me cuidó durante un par de días y me dejó su casa para mí solo un par más, para que alargara mi descanso antes de dirigirme hacia la asombrosa capadocia.

Tenía que pasar varias montañas para llegar allí. Aunque sudando mucho, aguanté mejor que Vita, a quien le salió una grieta en una de las barras que bajan hacia la rueda de detrás. Tenía que encontrar un buen soldador y rápido, o mi viaje peligraba.

Estaba en contacto con Korneel, el viajero belga con el que coincidí en Italia. Habíamos quedado en Nevsehir, una ciudad al lado de capadocia. Él llegó antes que yo y acudí a casa de Serhat, donde se estaban quedando él y otros 4 viajeros más. Serhat, “casualmente” (gracias universo de nuevo!), tenía un amigo que customiza motos y quads, Oguzhan, quien soldó a Vita sin cobrarme nada, cambiando la grieta por una cicatriz que se llevó de recuerdo de ese país.  Tras dos días en casa de Serhat descansando, comiendo bien y compartiendo vida viajera, nos fuimos a acampar otros dos a capadocia.

Yo había estado allí hace unos cuantos años. Entonces estaba mucho menos masificada de turistas pero, esta vez, recorriéndola en bicicleta, la pude disfrutar mucho más. Tengo que reconocer que, durante el día, me agobiaban las hordas de turistas y, sobre todo, el polvo que levantaban con sus ruidosos quads. Pero esos mismos turistas, me hicieron disfrutar de uno de los amaneceres más bonitos que he visto en mi vida: con un bellísimo paisaje decorado con casi 100 globos que muchos de ellos pagaron para ver amanecer desde las alturas.

Me despedí de nuevo de Korneel, esta vez era yo el que iba a tomar un transporte y él quien se iba en bici. Fui a la estación de autobuses. Era puente y me dijeron que todos los autobuses estaban muy llenos y que no iba a poder meter mi bici, que probara en la siguiente ciudad porque desde allí salían más. Empecé a pedalear pero, a los 10km, me lo pensé mejor: mi tiempo se acababa, pero hasta que no acabara el puente iba a ser difícil meter a Vita en cualquier sitio, así que di la vuelta y me quedé disfrutando un día más de la energía y las preciosas vistas de ese lugar.

Volví a alcanzar a Korneel que estaba en casa de Aziz, un astrónomo que nos cocinó, nos dio una muy interesante charla sobre el espacio y hasta me llevo a una fiesta de cumple de uno de sus amigos. Apenas me quedaban dos días para recoger mi visa y, aunque en principio no se podía, decidí intentar meterla en el tren para recorrer los más de 600km que aún me separaban de Erzurum,  mi destino. Con nocturnidad y alevosía, y con la ayuda de varios jóvenes que me vieron en el andén y se apuntaron enseguida a ayudarme en el intento, la metí y el tren arrancó sin que hubiera pasado aún el revisor. Cuando llegó se quejó bastante, pero de nuevo con la ayuda de los jóvenes, que me hacían de intérpretes y también le intentaban convencer, la movimos al pasillo donde no molestaba demasiado. Entre eso, y que supongo que no tenía ganas de parar el tren para que yo bajara todas las cosas, acabó cediendo y hasta haciéndose fotos con Vita.

No había buscado nada en esa ciudad, pero uno de los jóvenes que me ayudaron, puso un anuncio en un grupo turco de viajeros en Facebook con una foto de Vita y mi número. Me escribieron varios y me quedé con Yavuz, el primero que me escribió. Dejé las cosas en su casa, me hizo una visita guiada por la ciudad y me invitó a cenar. Al día siguiente, recogí mi visa y proseguí mi camino por unas montañas frías pero con unos paisajes por los que valía la pena sufrir un poco. Hice una última parada en Agri. Me pilló la lluvia y escribí a Furkan, de la página de warmshowers. No estaba en casa pero le dio mi teléfono a Hakan, un amigo suyo que me mandó un mensaje enseguida y me invitó a quedarme dos días en su casa (por cierto, enorme, como casi todas las que conocí en esta país) y con él, mientras disfrutaba de la lluvia desde la barrera, me tomé las que iban a ser mis últimas cervezas en mucho tiempo (en Irán el alcohol está prohibido).

Desde ahí fui sin parar hasta Irán, un país que tenía muchísimas ganas de conocer desde hace años….y hasta entonces pensaba que estaba acostumbrado a la atención y buen trato de la gente y,  también hasta entonces, pensaba que Vita era la única que iba a salir con cicatrices de este viaje….. pero eso será en la próxima entrega (siento dejaros con la intriga, pero ya que no me explayo muy a menudo por aquí, de alguna forma tengo que conseguir que aguantéis esperando mi proximo post 😉).

Que disfrutéis del verano!!!!

Llegada a Turquía:LRM_EXPORT_20170610_145108

 

Vita triunfando :LRM_EXPORT_20170610_145234

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Invitaciones de todo tipo:LRM_EXPORT_20170610_145205

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Llegada a Estambul:LRM_EXPORT_20170610_145502

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Hamsa en el centro de yoga:LRM_EXPORT_20170610_145714

 

Este niño, refugiado sirio, me descubrió los últimos días en Estambul. Desde que lo hizo,  venía todos los días a buscarme al café para que le dejara darse una vuelta con Vita. LRM_EXPORT_20170610_145641

 

Sinan en acción:

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Improvisado taller en la estación de autobuses:LRM_EXPORT_20170610_150430

 

Recorriendo la costa:LRM_EXPORT_20170610_151608

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Nadie dijo que fuera fácil:

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Con Nuzhet en su preciosa y enorme casa:LRM_EXPORT_20170610_152049

 

Rumbo a Capadocia:LRM_EXPORT_20170610_153001

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Hay días en los que no hace falta una bola de cristal para saber que tu futuro se presenta frío y duro:LRM_EXPORT_20170610_152536

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Problemas:LRM_EXPORT_20170610_153233

 

Y soluciones :

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Grupo de viajeros con Serhat:DSC_1113

 

Capadocia!!😍

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Korneel y Aziz:LRM_EXPORT_20170610_142414

 

Vita dejándose llevar:LRM_EXPORT_20170610_142627

 

Erzurum:LRM_EXPORT_20170610_143206

Cenando con Hakan y un amigo en Agri:LRM_EXPORT_20170610_143922

Rumbo a Irán:

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Grecia. ¿De aquí cómo se sale?

Esa fue la pregunta que más veces me hice en Grecia, porque parecía que allá donde iba me quedaba atrapado.

Primero fue en Salónica, en el taller de bicis de Georgios (que se pronuncia “Yorgo”). Le escribí explicándole mi viaje y diciéndole que quería pasar unos días con él arreglando bicis para los refugiados. Su escueta respuesta: “Wellcome home!”, fue un anticipo de lo que me esperaba, porque me hizo sentir en casa desde el primer día.

Una casa un poco básica, porque no hacía mucho que se acababa de mudar y, donde vive y trabaja ahora, aún no tiene luz ni ducha. Pero eran solo pequeños inconvenientes y acabé pasando 8 días con él.

Yorgo es una persona muy alegre y con un gran corazón que ha fundado una cooperativa que se llama “Greenways Social Cooperative Enterprise”. Además de arreglar bicis para refugiados, organiza eventos deportivos que,  con el nombre de “play for inclusión”, intentan aunar y eliminar barreras culturales entre griegos e inmigrantes de distintas nacionalidades. También participa activamente en la creación de la red cicloturista europea “eurovelo 8” y organiza flashmobs para distintas campañas europeas como “no hate speech movement” donde se intenta concienciar a los jóvenes para reducir el uso del lenguaje discriminatiorio en la vida diaria. El secreto para poder con todo lo tiene en ser una de las personas más efectivas que he conocido en mi vida. Si algún día le decía, por ejemplo, “me tienes que pasar las fotos de hoy”, a los 5’ ya las tenía en un pen drive, a pesar de que sabía que aún me quedaban varios días allí.

Una de las ventajas de que Yorgo fuera tan eficiente es que, además de arreglar bicis (con la ayuda de su amigo Stephan que siempre venía a ayudarnos y a veces hasta nos traía el desayuno), tuvimos tiempo de visitar un centro de logística para los refugiados, estuvimos en la grabación de uno de los flashmob que organiza y, además, tuve tiempo libre para conocer la ciudad, tumbarme en el larguísimo paseo marítimo o disfrutar de un rato de lectura con el típico frappé de estas tierras en la mano (al que parece que los griegos vivan pegados).

También fue el primer sitio donde pude experimentar las larguísimas comidas de los griegos, que parece que no se acaben nunca y que pueden incluir varias paradas para fumar o incluso para echarse una mini-siesta.

El tema de la falta de electricidad lo resolvíamos usando velas por la noche. El de la ducha lo solucioné gracias a que Javi, el “bicicleting”, me puso en contacto con su amigo Lorenzo, que vive en esa ciudad. Justo los días que pasé allí Lorenzo estaba en Atenas, pero me prestó (literalmente) a su madre Gabi, que me cebó cuanto pudo, me lavó la ropa un par de veces y siempre tenía la puerta de su casa abierta para que fuera a ducharme cuando me apetecía hacerlo con agua caliente.

Me costó salir de ese ambiente. La primera vez que le dije a Yorgo que me iba al día siguiente, me contestó que no me podía ir así, que le tenía que avisar con varios días de antelación para que fuera asimilando la noticia…así que decidí quedarme un día más. Al día siguiente volví a la carga y le dije que ese sí era mi último día allí. Me repitió lo mismo y me dijo que le había dicho a Heleni, su pareja, que yo podía quedarme allí todo el tiempo que quisiera…. Pero el camino me llamaba y ya no quedaban apenas bicis para arreglar, así que esta vez sí lo hice.

Salí otra vez con algo de pena por lo que dejaba detrás y con la intención de avanzar rápido había Turquía.

Cuando apenas llevaba dos días pedaleados, pasé por unas aguas termales de las que me habían hablado la noche anterior:  un antiguo centro turístico abandonado en el que te podías bañar gratis. Era pronto y apenas llevaba 10km ese día cuando vi el cartel que anunciaba el desvío. Estaba solo a 1km, así que decidí acercarme a darme un baño, lavar algo de ropa y seguir mi camino…..pero tampoco fue fácil salir de allí.

El lugar era mágico. Rodeado de montañas, un rio con 3 piscinas naturales de aguas termales y un gran bosque de plataneras. Había gente viviendo allí y me recibieron con los brazos abiertos desde el primer momento, así que pronto cambié mi idea de lavar ropa por la de quedarme una noche. Entre los “habitantes” de este pequeño paraíso había algún viajero pero, la mayoría, más que eso son nómadas que llevaban varios meses instalados allí. Muchos de ellos vinieron para ayudar a los refugiados, pero ahora el gobierno ha reubicado a la mayoría en hoteles o apartamentos turísticos (aunque solo hasta que llegue el verano y vengan los turistas con dinero en el bolsillo) y hay más voluntarios que refugiados, por lo que se han establecido allí.

Allí conocí a Simon y Gini. Simón trabaja en verano en su Galicia natal y viaja el resto del año en su furgoneta. Gini, italiana, se fue de casa a los 15 años para buscarse la vida. A Pablo, que ahora se gana la vida haciendo malabares en los semáforos y que, con solo 25 años, lleva 10 por el mundo y presume orgulloso de no haber tenido nunca una cuenta en el banco. A los griegos Ambrosio y Agelina, los franceses Simon, Gerome y Flo, y otros visitantes que aparecían para quedarse un rato o varios días.

Tienen varias habitaciones, la mayoría equipadas con muebles y hasta estufas de barro que ellos mismos han fabricado y yo me pude instalar en una sin necesidad de montar mi tienda.

La primera mañana que desperté allí lo hice con intención de continuar mi viaje. Tenía el chip de “avanzar rápido” pero, afortunadamente, Pablo empezó su guerra psicológica:

– “¿Pero cómo te vas a ir?”
“Que tengo que llegar a Asia Central antes del invierno si no me quiero congelar!”
“¿Cuantos días has estado en Salónica?”
“8”
“¿Has estado 8 días en Babylon y solo vas a pasar uno en el paraíso?”
“Ya, ya lo sé, pero allí estaba haciendo algo útil, y precisamente porque he estado allí tanto tiempo ahora tengo que avanzar…”
….
Y así estuvimos un rato hasta que vino con un argumento demoledor:
“Quico, no te puedes ir!”
“¿Por qué?”
“Porque nos vamos todos y alguien se tiene que quedar vigilando esto…”
“Ah  bueno, si tengo una misión me quedo”
Y pasé mi segundo día allí. A la mañana siguiente Pablo volvió a la carga:
“Quico. ¿Cuantas cámaras y cubiertas llevas incluyendo las de repuesto?”
“¿Por?”
“Por saber cuántas te tengo que pinchar para que no te vayas”
Y, como no me gusta la violencia, le sobró eso para convencerme 😉

Y así fueron pasando los días. Aunque Pablo ya no tuvo que hacer mucha más presión y era yo el que, aunque por la noche me decía “mañana sí que me voy”, por la mañana, mientras me daba el “baño de despedida” en las aguas termales, se me quitaban las ganas y cualquier nube o un poco de viento me valían como excusa para no re-emprender mi viaje….y es que entre la magia del lugar, la buena gente, y la música que casi siempre estaba presente (Simón con sus gaitas y sus flautas, Gini con la pandereta, Pablo con el cajón flamenco, Flo con sus cánticos y algunos de los visitantes que iban llegando y que traían su guitarra o algún otro instrumento) me hubiera quedado meses allí.

Al final fueron 5 días y, cuando finalmente me había despedido y estaba a punto de marcharme, salió Simón con su gaita, Gini con la pandereta y Flo con una flauta a darme una de las mejores despedidas que he tenido en mi vida. No me quería ir hasta que acabaran de tocar, pero la idea de Simón no era esa y, en la segunda canción y después de una segunda ronda de abrazos, me hizo gestos para que me fuera. Lo hice y ellos continuaron tocando, así que, aunque ya no los veía, la música me acompañó hasta que llegué a la carretera principal y la sonrisa muchos km más…. y estoy seguro que, a partir de ahora, cada vez que escuche una gaita, volverán a mi memoria los días pasados allí.

Reemprendí mi camino, esta vez convencido de no parar hasta llegar a la frontera de Turquía pero otra mañana, mientras recogía espárragos enormes al lado de la carretera (en el este de Grecia casi nadie los come y crecen por todas partes) conocí a María y me auto-invité a un café en su casa. El café se alargó y María me habló de unos amigos suyos artesanos que cultivaban su propia comida y hasta su propia miel. Se me quitaron las ganas de seguir pedaleando y, tras un bañito en la playa, nos fuimos a casa de Yorgo y Estela, sus amigos. Me dieron de cenar dos veces: La primera con la excusa de que estaría cansado de la bici y querían que repusiera fuerzas sin tener que esperar a que se hiciera la cena que íbamos a compartir, la segunda apenas 5 minutos después de acabar la primera. Luego nos quedamos de tertulia,  aunque la verdad es que entre que ellos me pedían historias de viajes y yo que estaba de palique fue más parecido a un monólogo😊.

A la mañana siguiente me dijeron que me quedara un día más,  luego me arrepentí  de no hacerlo, porque estaba con una gente majísima y esa zona es otro pequeño paraíso de playas y humedales que no está nada explotado turísticamente,  pero entre que no me acababa de quitar el chip de avanzar rápido y que ir sobre Vita sorprendiendo y haciendo sonreír a la gente engancha, decidí seguir mi camino…..eso sí, cargado con un bote de riquísima miel, otro de naranjas confitadas caseras y varias piezas de fruta que me regaló Estela para mi camino 😋.

3Entrando con alegría, para no variar.

2Primera noche en Grecia.

25Y primer despertar.

22Y por fin le encontré algo de utilidad a las clases de algebra de la carrera! 😂

23Salónica.

39Salónica.

26Antes de yegar a casa Yorgo me enontró Jelimer, que jugó con Petrovic en la selección de Yugoslavia de baloncesto. Se ve que me vió cara de hambre y me invitó a comer.

27Yorgo y Stephan arreglando bicis.

10Hasta 5 viajeros llegamos a juntarnos en casa Yorgo.

9De paseo por Salónica.

8De paseo por Salónica.

5Con voluntarios en el centro de logística.

6” Si me dejas que me apoye hasta que se ponga verde el semáforo te cuento un poco mi vida” 😉

7Posando con Heleni en casa de Yorgo.

21En una de las largas sesiones culinarias.

20Bicis arregladas para los refugiados! 😀

28Yorgo en uno de los flashmob.

30Con Gabi, la madre de Lorenzo.

32Una de las comidas en el paraiso.

15Habitación en el paraiso.

13Piscina climatizada.

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16Música ambiente….

35y otras actividades lúdicas.

34aguas termales llamándome por la mañana.

33Bosque de plataneras.

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1Paisajes.

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4Amaneceres…

24

31y atardeceres.

37En las termas conocí a Selva y Adonis. Pasé a hacerles una vista unos días más tarde y, además de invitarme a comer, me dieron una bolsa de una variedad de trigo antiguo que me sirvió para variar mis cenas varias semanas.

38Con Yorgo, Estela y Maria.

11Una curiosidad para mis amigos del Barça.

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Cruzando fronteras en bici

Para mí, cruzar fronteras en bici es la forma más rápida y efectiva de hacerlo. Para los policías que trabajan en la aduana, es salir de su rutina de coches, autobuses y camiones y suelen ser de lo más simpáticos y, con Vita, lo normal es que solo te entretengan para hacerse fotos con ella.

Hay excepciones y algunos la miran con recelo. Pero cargar tantas cosas es una ventaja en estas ocasiones: hay tanto que revisar que, si algún metódico funcionario quiere hacerlo algún día, me quitaré el sombrero para alabar su dedicación, porque seguro le va a costar varias horas de trabajo.

Hasta ahora no he tenido ningún problema, pero sí una anécdota que quería compartir por aquí.

Albania es un país donde se cultiva bastante marihuana. Desde allí se exporta esta planta a los países vecinos así que, cuando iba a salir del país para entrar en Macedonia, ya imaginaba que podía ser un cruce de fronteras algo diferente:

Llego pronto a la frontera ya que acampé cerca anoche. Es un paso entre montañas y hace frio. En el lado albanés hay dos policías. Le doy el pasaporte a uno de ellos y, mientras miran a Vita, les cuento un poco mi viaje. El primero sonríe mientras me devuelve el pasaporte, estoy a punto de despedirme para seguir hacia el siguiente control cuando el otro me pregunta:

 – “Narcotics?”
– “No, no. Yo sport, bicycle, no narcotics”.
– “¿Are you sure?”
– “Si, claro. No narcotics”
– “Where are you from?”
– “Spain”
“Spain….aaaah, narcotics!!”
– “No, no narcotics. Sport, sport”
– “Control!!!”

Sale de la garita y me hace mover unos metros la bici. Señala una de las alforjas y pregunta:

– “Narcotics?”
– “No, no narcotics, camping”… le respondo mientras, aunque no lo ha pedido, abro la alforja para que vea lo que hay dentro (aunque la verdad es que no pone mucho interés en hacerlo).
– “Narcotics?”….. Pregunta otra vez mientras señala otra alforja
– “No, esa es la cocina y la comida”, respondo mientras abro esta alforja también
– “Narcotics?” Insiste señalando otro bulto
– “No, eso son las herramientas y recambios”…. respondo ya sin abrirlo ante su poco interés por mirar lo que llevo dentro.

El policía piensa unos segundos…

– “No narcotics??”
– “Que noooooo”
– “Are you sure?”
– “Siiiiii”
– “Are you sure, sure?…because in Macedonia “Big control!! Big control!!”
– “Tranquilo (si te hace ilusión me los sigues preguntando) no llevo narcotics”.

Así que me deja marchar y cruzo los 200 metros que separan los dos puestos fronterizos pensando en el fastidio que me espera: primero por las horas que voy a perder allí y, segundo, porque viene una tormenta por detrás y seguro que me pilla si me entretienen.

Llego a la garita de Macedonia, le doy el pasaporte al policía de turno, lo mira unos segundos, levanta la cabeza y dice:
“que bici más bonita!, puedo hacerle una foto?”

Y ese fue el “big control” que me esperaba…..al final iba a tener razón Carlo el italiano y me podría estar forrando en este viaje 😉

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Montenegro, Albania, Macedonia

Conocí en Dubroknik a dos argentinos el día que salía de la ciudad. Me dijeron que la gente de Montenegro les había parecido muy maja y que los albanos menos. Tardé poco en comprobar que lo primero era cierto: Ya en la frontera salieron todos los policías de la garita a hacerse fotos con Vita. En la primera gasolinera que vi, el gasolinero me paró para invitarme a un café y, mientras me lo tomaba, alguien echó unos euros en el bote de vita. Poco después, al parar a comprar comida en un supermercado, las dependientas me regalaron una bolsa con varias piezas de fruta, barritas energéticas, pasas y unos dulces. No fue siempre así, pero si noté el cambio en la manera de ser de la gente mientras pude seguir disfrutando de pedalear junto a un mar transparente y pasar por unos preciosos pueblos y ciudades de piedra que parece se hayan detenido en el tiempo.

Viví en ese país otro momento “el mundo es bueno”, cuando, casi llegando a la frontera de Albania, me doy cuenta de que me he dejado una batería portátil cargándose unos km atrás en una cafetería. Doy la vuelta y, a los pocos segundos, un coche que viene de cara me pita y me hace señas con la mano. Paro y baja un hombre del coche con la batería en la mano. Se podían haber esperado por si no volvía (que teniendo en cuenta que tenía que cruzar la frontera hubiera sido lo más normal) pero mandaron al hombre enseguida para que me pillara antes de cruzarla. Olé!!

La entrada en Albania me chocó bastante. Muchísima suciedad, niños pidiendo monedas y, las dos primeras personas que me pararon, llevaban más alcohol en el cuerpo que yo agua en la bici. Afortunadamente cambió pronto la perspectiva y pude comprobar, además, que la impresión que se habían llevado los argentinos de los albaneses no era la que me iba a llevar yo. Primero con los niños de un par de colegios que salieron a verme (uno es el video que puse en Facebook) y poco más tarde cuando tuve que entrar al centro de la primera ciudad que había en mi camino para sacar dinero y en la que, a ratos, no sabía ni dónde mirar de la cantidad de saludos, sonrisas y “wellcome!!” que recibía.

En el apartado de personajes, destacar a uno que se me acercó un día que paré a protegerme de la lluvia en un puesto de frutas que había al lado de la carretera. Vino a hablarme y no paraba de decir cosas. Yo intentaba explicarle con gestos que no entendía nada de lo que me decía pero él seguía a lo suyo y, aunque a veces, cuando ya no aguantaba la risa, me escabullía para pillar una pieza de fruta (el dueño me invitó a comerme y llevarme todas las que quisiera), él volvía a los pocos segundos con su discurso. A ratos parecía muy enfadado y repetía “America!!”, “no!, no!, no!!” y yo “que soy españooool” y el asentía y seguía con su discurso. En un momento dado el del puesto de frutas se paró a nuestro lado a escuchar lo que me decía y me comentó que el hombre me estaba hablando del primer ministro de su país! Ahí ya no me pude aguantar la risa y, aunque sabía que no me entendía, le dije “buenoooo….pues si te hablo yo del mío…!!!””

Aunque no me gustan las ciudades grandes y las suelo evitar, paré unos días en Tirana para acercarme a la embajada de Irán e informarme en vivo de las condiciones para pedir el visado (que, a partir de ahora, va a ser mi mayor quebradero de cabeza en la mayoría de países que me quedan por recorrer). Allí coincidí con Natacha y Jasna, dos simpáticas viajeras de bajo presupuesto y largo recorrido que acababan de llegar e iban a pasar unos días haciendo trabajos en el hostal a cambio de alojamiento y comida. Con ellas y con Klas, el dueño del hostal, pasé varios días de descanso y noches de risas en la azotea del edificio con unas vistas privilegiadas sobre la ciudad.

El momento tierno en Albania me lo proporcionó un niño a la entrada de unos de los últimos pueblos por los que pasé en este país. Me estaba mirando con los ojos como platos y, al pasar por su lado, me hizo gestos de que quería probar la bici. Le dije que no (lo veía muy pequeño para lo que pesa Vita y no sería el primero que se cae de ella) pero, a los pocos segundos, recapacité, paré y le ayudé a subir. Al principio iba sujetándole porque apenas llegaba a los pedales pero, en cuanto pilló algo de velocidad, le solté y le dejé ir solo. Siempre digo que mi idea, además de hacer sonreír, es que la gente cuando me ve se olvide por unos segundos, minutos u horas de sus problemas pero, por la cara de felicidad que llevaba el niño, estoy seguro que le durará varios años el recuerdo y las sensaciones de ese momento.

El momento duro de estas semanas lo tuve el segundo día en Macedonia. Mi camino pasaba al lado de un lago y dejaba otro a pocos km. En el último momento, decidí desviarme de mi ruta para pedalear al lado del primer lago más km, subir después un puerto y bajar al otro lado para bordear el segundo lago hasta llegar a mi ruta original. Sabía que era una subida dura pero no me imaginaba el fuerte viento y la nieve que me esperaban arriba. Vita y yo nos fuimos al suelo un par de veces (una por el viento y otra al resbalar en la nieve) y tuve que acabar empujándola para llegar arriba sin volver a besar el suelo. El día anterior estaba nublado y tuve ratos de lluvia y granizo pero, justo en el momento en el que estaba tomando la decisión, se abrió un claro en el lado del camino que tenía pensado tomar originalmente. Le pido mucho al universo en este viaje y, mientras empujaba la bici con la nieve golpeándome la cara, pensaba algo así como “joder Quico, no viste el claro o qué?, era una señal! O es que esperas ver un letrero luminoso cada vez que tienes que tomar una decisión?”. Pero después de la tormenta siempre llega la calma y, en este caso, aunque siguió lloviendo, tuve la recompensa  al esfuerzo pronto.

Suelo llevar comida siempre pero, justo ese día, no llevaba casi nada. De hecho, para sacar fuerzas para acabar de subir el puerto, tuve que parar a “cocinarme”, por segunda vez ese día, la “avena con todo lo que tengo” que es mi desayuno habitual. Pero debí quemarlo pronto porque tenía muchísima hambre. Sobre las 2 encuentro un bar que parece cerrado. Me acerco por si acaso y, aunque que no tiene las luces encendidas, sale un hombre y me dice que pase. La oferta de comida es carnívora, así que acabo devorando dos platos de ensalada, queso y pan. Me lo tomo con calma y me paso un buen rato hablando con ellos mientras Mario, el hijo del dueño que es quien me atiende, me sirve varios tés. Tenía pensado seguir un rato más y acampar, pero sigue lloviendo. Les pido permiso para montar la tienda en el porche de fuera pero me dicen que no, que tienen una habitación libre y que me quede en su casa. Me doy una ducha caliente que me sabe a gloria y me quedo al lado de la estufa de leña hablando con los padres de Mario. La madre me cuenta que trabajan en un taller textil haciendo ropa de trabajo para una firma holandesa por 150 euros al mes. Bajo al bar con Mario, me vuelve a servir más te pero pronto me pasa al rakia que solo dejo de tomar mientras ceno para seguir dándole después. Mientras, veo la remontada del barça con los parroquianos del bar. Hace años que solo veo fútbol si estoy con amigos y, no sé si por la cantidad de alcohol o por lo maja que es la gente aquí, me da la sensación que estoy con ellos.
Antes de acostarme me dice Mario que le despierte por la mañana para tomarse un café conmigo. Lo hace su padre en cuanto me ve salir por la puerta del cuarto y, cuando bajamos bajo, hay preparado un energético desayuno compuesto por una sopa de fideos, yogur, pan, café, olivas y manzanas que crecen en esta región. Antes de despedirme les pido la cuenta…y tuve que insistir para que me dejaran pagar al menos la primera comida (que costaba algo menos de dos euros!).

De casa Mario me fui a Bitola, donde me esperaba Goce, mi anfitrión de la página de duchas calientes en esa ciudad. Pase un par de días muy buenos con él y con sus primos y amigos Zlatco, Bob y Zoran. La primera tarde me volvió a sorprender el tema de los sueldos. Estábamos comiendo algo y enfrente había unos obreros trabajando en una casa. Alguien comenta que es un trabajo muy bien pagado, 15 euros….pregunto si la hora, se ríen y me dice que no, 15 euros por día! Es lo que hay en este país y, con su pasaporte tampoco tienen muchas oportunidades de buscarse la vida fuera. Goce decidió salirse hace tiempo del sistema y se dedica a vender camisetas q el mismo diseña en un parque de la ciudad. Es una persona muy tranquila pero, a pesar de eso, uno de los días, tras cerrar los garitos populares, acabamos en el after de la ciudad (un sótano en los bajos de un pequeño centro comercial) bebiéndonos todo el dinero q llevábamos encima. Así que, contento con lo vivido en este país y con algunas toxinas que quemar pasé a Grecia donde, la habitual pregunta “de aquí por donde se sale?” pasó a ser en un par de ocasiones, “de aquí como se sale?”. Pero eso os lo contaré en otra entrada y, antes, escribiré una pequeña sobre el cruce de fronteras en bici.

Hasta la próxima y espero que estés disfrutando tanto como  yo de los colores y olores de la primavera!

 

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DSC_0575Montenegro.

LRM_EXPORT_20170322_215925Montenegro.

DCIM100MEDIAMontenegro. Casi no llovía  ese día.

DCIM100MEDIAAl mal tiempo buena cara.

 

LRM_EXPORT_20170322_220247Último hotel en Montenegro.

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Unos majísimos albanos que me alegraron un día de lluvia  y que me hicieron sonreír por varios días.

20170407_215757Paisaje costumbrista albanés.

LRM_EXPORT_20170322_220613Uno de mis hoteles en Albania.  No estaba muy protegido del viento, pero ya tengo postal para las próximas navidades 😉.

20170407_215703Industria albanesa en horas bajas.

DSC_0600 (1)Tirana.

DSC_0603Tirana.

DSC_0608 (0)Con Natacha, Jasna y Klas en el hostal en Tirana.

DCIM100MEDIATráfico en hora punta.

LRM_EXPORT_20170322_220916Albania.

LRM_EXPORT_20170322_221233Uno de los últimos paisajes que vi en Albania.

LRM_EXPORT_20170322_221440Y uno de los primeros en Macedonia.

LRM_EXPORT_20170322_221811Macedonia.

LRM_EXPORT_20170322_222511Casa rural en Macedonia…

LRM_EXPORT_20170322_222106No era muy cómoda pero tenía buenas vistas 😉.

LRM_EXPORT_20170322_222839Macedonia.

20170407_215241Después de la tormenta siempre llega la calma.

20170407_230124Mario y su padre.

DSC_0639 (0)Goce y Zlatco probando mi ya famosa sopa de brocoli.

DSC_0641Parece que aún no me he perdido 😆.

 

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Croacia. “Attention-free time”

Tengo que reconocer que cuando Korneel tomó el crucero desde Italia a Grecia estuve tentado de hacer lo mismo. En algún momento tendré que atajar si no quiero que me pille el invierno en Asia Central (cuando la máxima temperatura durante el día es de -20°C, según me contaba el bicicleting cuando pasó por allí) y no era mala opción dar un salto al sur y evitarme montañas y frío en unas pocas horas, pero pudieron más las ganas de conocer los Balcanes y pedalear bajando por el adriático.

La primera imagen que me llevé de Croacia fue mala: Una larga alambrada en forma de espiral en la frontera con Eslovenia. Una de esas alambradas que deben ser la mayor vergüenza europea de este siglo y que intentan impedir que los refugiados se dirijan al norte en busca de más opciones que pasarse la vida esperando en un campo de refugiados.

Para no variar, no me voy a detener mucho en describir los bellos paisajes y ciudades por los que he tenido la suerte de pasar. Sí que diré que me quedé sorprendido con la cantidad de bares y cafés (casi siempre llenos) que hay en todas las ciudades. Con los pueblos fantasma que, aunque aparezcan en el mapa, apenas son 4 casas cuando llegas a ellos. Con la cantidad de anuncios de “apartments, zimmer, romms” que se ofrecen por todos lados. Por pueblos costeros que parece que estén hibernado y en los que, en la mayoría de las ocasiones, solo ves a los obreros que están reformando o construyendo nuevos apartamentos para los miles de turistas que vendrán en unos meses a disfrutar de esta preciosa costa (según me contaron, en verano está prohibido hacer reformas para no molestar, así que todos aprovechan para hacerlas ahora). Para mi fue todo un lujo haber pasado en esta época, no solo por poder disfrutar de esto sin aglomeraciones de turistas, sino también porque he encontrado muchos chiringuitos de playa y edificios en construcción abiertos que han hecho de hotel con vistas o de refugio cuando caía la lluvia…..demasiadas veces para mi gusto. Pero la lluvia tiene varias cosas buenas: el aire está más limpio, te llega mucho mejor el olor de los árboles y la tierra mojada y, cuando entre las nubes asoma un rayo de sol, lo agradeces y disfrutas mucho más que cuando siempre lo tienes encima.

Aparte de la lluvia también sufrí el viento. Primero el famoso “Bura” que sopla del este y, al final de mi ruta por Croacia, su primo “Yugo”, que viene del sur cargado de agua y que siempre soplaba en mi contra.

Aunque prefiero el viento a la lluvia, el peor fue el primero. Me habían advertido de su fuerza y de que, cuando sopla (con vientos que pueden superar los 200 km/hora), hasta se prohíbe la circulación de camiones pesados porque puede llegar a volcarlos. Me pilló de lleno dos días, me hizo saltar de la bici varias veces (o saltaba o me empotraba contra el guardarraíles) y me puso en el momento más peligroso del viaje cuando, tras juntarse con el rebufo de un camión que acababa de adelantarme, hizo que mi bici girara 180 grados y acabara en el carril de al lado, yendo en el sentido contrario al que circulaba unos segundos antes. El coche de detrás me increpó llevándose el dedo a la cabeza diciéndome que estaba loco…. no me pareció el mejor momento para discutirlo, así que me limité a levantar los hombros y abrir las manos, intentando indicar por gestos que no podía comerme la bici y desaparecer de allí.

En ocasiones, la carretera se metía hacia el interior en pequeños cañones que canalizaban el aire haciendo que me diera de frente. No me quedaba otra que bajar de la bici y empujarla pero, aun así, cuando venía racha fuerte, ni empujando la bici con el cuerpo mientras apretaba el freno podía evitar que nos empujara a los dos hacia atrás. Afortunadamente, como tantas otras veces, la solución llegó por si sola: Me adelantó un camión de los que se usan para transportar cristales. La estructura que tienen estos camiones en el remolque estaba vacía y pensé que era una pena que no hubiese parado. Cuando giré la siguiente curva vi  el camión parado en el arcén. Solo había parado para hacerme una foto pero, aunque los 3 trabajadores que viajaban en él no hablaban nada de inglés, conseguí hacerme entender mientras les pedía que me sacaran de allí. Entre todos subimos la bici al remolque y, con los 4 en la cabina apretados como sardinas, dejaron atrás su desvío para llevarme hasta el siguiente pueblo de mi ruta, donde pude acampar en el parking de una gasolinera protegido entre contenedores del viento.

Otra de las cosas que también me llamó mucho la atención fue la reacción de la gente al verme. Acostumbrado a la efusividad de los italianos, se me hacía raro pedalear ante lo que, en un principio, me parecía indiferencia de la gente. Por supuesto, me seguían saludando desde los coches y las aceras, pero mucho menos de lo que estaba acostumbrado y pocas veces conseguía una sonrisa sin tener que ser yo el que contagiara la mía. También me hacían muchas fotos pero, la mayoría de las veces, aunque la gente sacaba el móvil al verme, disimulaba con él esperando a estar fuera de mi campo de visión para hacerme la foto. También lo notaba al bajar de la bici. Hasta ahora, siempre que lo hacía, se acercaba la gente a hacerme preguntas y fotos, aquí, aunque la miraban disimuladamente, muchas veces nadie se acercaba. Como me dijo la alegre Marija cuando se lo contaba: “bueno, un poco de attention-free time igual no te viene mal”, y tengo que reconocer que no, aunque me gusta mucho la gente, a veces agradecía poder tomarme un café tranquilamente sin tener que contar mi historia otra vez.

Esto en cuanto a la gente en general. En particular me sorprendieron varias veces con su generosidad y buen corazón. Estas son las historias que me gusta contar así que, a partir de ahora, ya os aviso que me voy a enrollar más.

La primera me pasó en mi primer día en este país. Llego a un pueblecito sobre las 4. Para no variar llueve y hace frío. En la puerta de un edificio hay una mujer que me ve y entra a llamar a dos personas más para que salgan a verme (o, mejor dicho, a ver a Vita). Voy donde están, me presento, les cuento un poco mi viaje y les pregunto cuánto cuesta quedarse en ese pueblo. Una de las mujeres tiene uno de los “apartments” de los que he hablado antes, me pide unos 20 €. Le digo que es mucho para mi. Baja a 12, le doy las gracias por el descuento pero le digo que da igual, que acamparé. Ella insiste y me pregunta cuánto quiero pagar. Resoplo y le digo que no lo se, que sé que es poco lo que pide pero que es más de mi presupuesto diario. De repente dice “Me gusta mucho lo que estás haciendo, para mi será un honor que te quedes aquí. Te lo dejo gratis”. Se llama Eda y es la dueña de los apartamentos “Pino”, qué es cómo se llama su marido. Me deja con él, una botella de licor y unas galletas mientras ella sube al apartamento a prepararlo. Luego me sube unos trozos de pizza. Me cuenta que es el cumpleaños de dos de sus sobrinas, que es eso lo que estaban preparando cuando la he visto. Le propongo ir con la bici para que la vean los niños (el pueblo solo tiene 140 habitantes y todos los niños van a estar allí) y le encanta la idea….y más a los niños cuando me vieron aparecer en el cumple con ella! Después de muchas fotos y de dejar que los más valientes subieran encima, me despido de ellos entre aplausos (después de hacer la demostración de cómo subo y cómo bajo) y vuelvo a mi provisional hogar feliz y con las pilas muy cargadas.

Antes de dejar a los niños Eda me preguntó qué y a qué hora desayunaba.

“No se preocupe, yo llevo comida”

“¿Pero tomas té o café?”

“No, no, de verdad no se preocupe.”

“¿Té o café?”

“Café, pero de verdad…”

“¿Y aparte de carne hay algo más que no comas?”

“No, pero yo tengo….”

“¿Y a qué hora te levantas? porque yo a las 9 me voy a misa.”

“Lo normal es que sobre las 8 ya esté despierto.”

“Pues a las 8:30 te llevo el desayuno.

Y a las 8:30, puntualmente, suena el timbre al día siguiente y aparece Eda super-sonriente y con un “breakfast is ready!!” me enseña una bandeja con pan, café, leche, mantequilla, tostadas, yogurt, crepes y hasta una especie de paté de pescado que ha preparado ella misma. Yo, ante tanta generosidad, solo pude decir dos cosas:

1.- Muchísimas gracias!!!

2.- ¿Me puedo quedar un día más?

… Y aceptó encantada 😀

El segundo encuentro fue después de sufrir el Bura.

Ya es hora de acampar y acaba de empezar a llover. Estoy pasando por uno de los pueblos de veraneo en los que parece no haber nadie. Dejo la carretera y bajo una cuesta muy empinada para llegar hasta el mar. Justo en la última casa hay una pareja en la terraza. Me acerco a preguntar y, como si estuvieran esperándome, me invitan a pasar. Ella se llama Marija y el “Domi”. La casa es de los padres de ella. Los dos trabajan como modelos en la facultad de bellas artes y, como los alumnos están de exámenes, se han venido unos días a “no hacer nada”. Me doy una ducha, cuando salgo tengo la cena en la mesa y, tras esta, muchas copas de “rakia “(un licor local que se va a cruzar varias veces en mi camino) con las que acabamos la noche bailando en la terraza bajo una luna llena que, de vez en cuando, se dejaba ver entre las nubes.

Al día siguiente salió un sol estupendo así que me lo tomé con mucha calma. Me había ofrecido a poner a punto sus bicis y me pasé media mañana haciéndolo. Cuando estoy a punto de irme me piden que me quede a comer. Por supuesto acepto y, mientras estamos comiendo, con el solecito dando en la cara y el mar calmado brillando frente a nosotros, me vuelve a salir el “¿me puedo quedar un día más?” que también tuvo una respuesta positiva 🙂 Así que pude pasar otra tarde en ese maravilloso lugar para no hacer nada y, por la noche, volvimos a darle al rakia. Esta vez en casa de su amigo Hrvoje, todo un superviviente que me contó que ha estado varias veces a punto de morir (la más cercana en la guerra cuando no explotó un proyectil que había caído a su lado) y que vive con la alegría y la certeza de estar disfrutando de un regalo cada mañana.

El tercer encuentro fue en un día tranquilo y soleado. Me salí de la carretera pronto con la intención de acampar frente al mar y ver la puesta de sol. Me cruzo con un hombre y su hija que están paseado en bici. El hombre se llama Dragan y, tras intercambiar unas pocas frases, me pregunta si tengo sitio para dormir. Le digo  que justo es lo que estoy buscando y me dice que tiene un apartamento turístico y que puedo dormir allí. Me deja las llaves y me dice que mañana me vaya cuando quiera, que él se irá sobre las 6:30 a trabajar…..y a cambio solo me pide que le envíe una postal cuando llegue a Malasia.

En el apartado de anfitriones convencionales (los que busco en la página de “duchas calientes”) una de cal y una de arena.

Uno muy raro en Zadar: Tras una brevísima conversación de 2’, me enseña donde está el baño y se mete en su cuarto. No vuelve a salir hasta que yo, empujado por mi estómago, llamo a su puerta y le pido unas llaves para bajar a por comida. A la mañana siguiente, cuando salgo para saludarlo, lo encuentro poniendo su desayuno en una bandeja y llevándolo a su cuarto para encerrarse otra vez…

Y un placer haber sido acogido por Tomislav en su casa cerca de Split y pasar una tarde noche compartiendo historias con él y con su amigo mientras su madre no paraba de bajarnos una especie de buñuelos cocinados por ella misma.

Os dejo con las  fotos! 😚

DSC_0088Frontera Eslovenia-Croacia.

LRM_EXPORT_20170318_001044Todo un placer pedalear bajando el adriático.

DSC_0502Roč,  el pequeño pueblo donde viven Eda y Pino.

DSC_0508Eda y Pino.

DSC_0092Los niños del cumple admirando a Vita.

DSC_0497Uno de los refugios para la lluvia que encontré. No fue el único con suelo de parquet.

DSC_0492 (0)Zadar.

DSC_0009Con los trabajadores que me rescataron del Bura.

DSC_0524A la gente le gusta ayudar 😀

LRM_EXPORT_20170318_000852Paisajes.

LRM_EXPORT_20170318_003118Hotel con calefacción lateral.

LRM_EXPORT_20170318_005737Amanecer con vistas.

LRM_EXPORT_20170318_003306Marija y “Domi” no haciendo nada.

LRM_EXPORT_20170318_003502Vistas desde la terraza

LRM_EXPORT_20170318_001628Vistas desde la terraza.

LRM_EXPORT_20170317_234538Y más vistas…..como para no pedir quedarse un día más!

DSC_0518 (0)Split.

DSC_0511 (0)Split.

DSC_0512Split.

LRM_EXPORT_20170318_000705Split.

DSC_0507 (0)Uno de los encuentros fugaces del camino. Axel, un alemán que lleva 4 años en la bici y con quien pasé un buen rato en la a afueras de Split.

DSC_0545 (0)Paisajes.

DSC_0495 (0)Dragan en el apartamento que me cedió una noche.

LRM_EXPORT_20170317_235325El adriático siempre cerca.

LRM_EXPORT_20170318_203153Y con rincones en los que era casi obligatorio pararse.

DSC_0555Dubrovnik.

DSC_0560Dubrovnik.

DSC_0566 (0)Dubrovnik.

DSC_0523Tomislav en su terraza.

LRM_EXPORT_20170318_010000Solo faltaba algún camarero sirviendo café.

LRM_EXPORT_20170318_005545Otro hotel con vistas.

LRM_EXPORT_20170318_011135Paisajes.

LRM_EXPORT_20170317_235751Paisajes.

LRM_EXPORT_20170318_002017Atardecer.

LRM_EXPORT_20170318_003907Paisajes.

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Eslovenia. Bien está lo que bien acaba

Entré en Eslovenia bajo una fina lluvia y con dudas de cómo me iba a apañar ahora que dejaba atrás los idiomas cercanos que, aún sin tener prácticamente ni idea, me permitían comunicarme.

Luca me había indicado una ruta por la que, en teoría, solo tenía una cuesta larga al principio para luego hacerse plana. No sé en qué momento me equivoqué, pero me pasé casi todo el día subiendo por unas carreteras estrechas y muy empinadas donde, más de una vez, me tuve que bajar para empujar a Vita. Muchos pueblos pequeños, pero poquísima gente a la vista y ni un bar donde tomarse un café ni una tienda o puestecito para comprar algo de comida o fruta.

Pensaba acampar, pero está lloviendo mucho ahora y, sobre las 4, al pasar por uno de estos pueblos, veo que hay un cartel donde se anuncia un hostal. Me acerco a preguntar y el dueño me dice que está de reformas y que no puede alojarme. Le digo que me basta con un techo y me contesta que lo siente, pero que no me puede ayudar. Le pregunto si sabe de algún sitio donde puedo quedarme o poner mi tienda bajo techo y me dice que no, que cruce la frontera (a unos 25km) y busque algo en Croacia.

Con la que está cayendo no me apetece seguir en la bici, así que me doy una vuelta por el pueblo. Veo varios cobertizos donde podría poner la tienda a cubierto pero, cada vez que llamo a una puerta para preguntar si puedo dormir ahí, no contesta nadie. Aparte de al del hostal, solo he visto a dos ancianos y no parece haber nadie más en el pueblo. Encuentro una casa en obras con un gran porche delante, hay 3 bicis sin candar (señal de que en este pueblo no roban y que al dueño le gustan las bicis). Llamo a 3 casas vecinas para preguntar si allí puedo acampar, pero no contesta nadie y me instalo sin permiso.

Cuando me pongo a hacer la cena empieza a manifestarse la vida en el pueblo.

Pasa un chico por delante de la casa mirando el móvil. No estoy seguro de que me haya visto, le digo “chao!”, se gira sorprendido y me devuelve el saludo. Le empiezo a explicar que cómo estaba lloviendo he parado ahí, que mañana lo recojo todo, etc., etc., y, sin mirarme apenas, dice “yeah, yeah” y sigue su camino. Pocos minutos después aparece un coche por la calle y para delante de mi. Sale una mujer y se mete, sin mirarme, en la casa de enfrente. Sale el hombre que conduce, se va directo al maletero y se pone a bajar cajas. No me ha visto, pero no creo que tarde en hacerlo, así que me adelanto y le saludo, esta vez con un “hello!”. Me mira sorprendido y me devuelve el saludo pero, ante mi nuevo intento de explicación, suelta algo parecido a un “yah”, se sube en el coche y se va. La mujer sale a la puerta y me lanza una corta mirada, se vuelve a meter en la casa y  cierra la puerta con llave.

No espero una banda de música en cada pueblo por el que paso (Claudi, esto no va per tu 😉 pero digo yo que no debe ser normal que alguien acampe allí en mitad del pueblo y me extraña no despertar algo más de curiosidad….

Cuando estoy acabando de hacer la cena sale la mujer de la casa. Se acerca, me presento, le cuento lo que estoy haciendo y doy por tercera vez mis explicaciones de por qué estoy ahí. La mujer apenas dice un par de “ah” (uno de ellos cuando ve a Vita). Me dice que al lado hay un hostal, le explico que está cerrado, me da las buenas noches y se va.

Al rato pasa el chico de antes. Ha cambiado el móvil por un paraguas, pero este también debe ser más interesante que mi presencia porque ni me mira. Luego vuelve la mujer, se acerca y me dice que va a llamar a su marido para ver si puede meterme en su casa. Le doy las gracias pero rechazo el ofrecimiento, que ahora ya lo tengo todo montado, no hace mucho frío y prefiero dormir en la tienda.

Ceno tranquilo pero, cuando estoy acabando de fregar, aparece otro coche y para justo delante de donde yo estoy. Lo conduce un hombre de cuarenta y tantos y lleva un niño de unos 8 años detrás. Baja la ventanilla y me dice muy alterado “ahí no puedes estar!, vete! ahora!”. Empiezo a soltarle mi discurso de que estoy viajando, que estaba lloviendo y que mañana me voy. Me dice que tengo el hostal al lado, le explico que está en obras y me dice “mentira!” “vete! “súbito”!. Insisto en que está cerrado y le digo que he llamado a todas las casas vecinas para preguntar si podía acampar ahí porque necesitaba un techo, pero no me ha contestado nadie. Me vuelve a repetir que me vaya y añade “ahí no puedes acampar porque ahí es donde aparco yo!”.

No me convence nada el argumento, pero tiene todo el derecho a echarme así que no insisto. Justo al lado de la casa hay un descampado, lo señalo y le digo “está bien, pero no me da tiempo a recogerlo todo y buscar otro sitio. Moveré la tienda ahí y mañana me voy”. El hombre da marcha atrás y aparca en el descampado. Baja y le vuelvo a pedir perdón repitiendo mi discurso de viajero mojado necesitado de techo. Me dice “No, no. Perdóname tú a mí. No me esperaba encontrarte aquí y he reaccionado muy mal”.

Le explico lo que estoy haciendo y, por primera vez, se fija en Vita y le gusta mucho. Me cuenta que sabe lo que cuesta llegar aquí porque se le estropeó el coche una temporada y tuvo que ir al trabajo en bici. Estamos un rato hablando, me pregunta si me hace falta algo y se va pidiéndome disculpas de nuevo.

A los pocos minutos sigue mi teatro particular de ese día (donde a veces estoy entre el público y otras en el escenario). Sale la mujer de enfrente y me trae un té, un plato con un revuelto de patatas y huevo, un trozo de pan y una mesita de niño para que cene cómodo. Aún estoy hinchado del platazo de arroz que me he comido pero, como decimos en mi tierra “lo que va davant, va davant” y me lo como muy a gusto.

Finalmente llega otro coche y para delante de mí. Una mujer me sonríe desde dentro. Aparca en el descampado, viene directa a mí y me dice “ya me han dicho que tenemos invitado!”. Es la mujer del hombre de antes. Me pide disculpas por la reacción del marido y lo compensa con una gran simpatía el rato que pasamos hablando hasta que se despide (preguntándome también si me hacía falta algo). Yo me meto en la tienda y doy por concluida la función, no sea cosa que aparezca alguien más y se vuelva a torcer la trama.

20170309_080857Las condiciones climáticas me impidieron entrata en Eslovenia con mis mejores galas.

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DSC_0528Parking reconvertido en hotel y teatro municipal esa noche.

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