China 2: Quiero salir de aquí!

Mi primera noche en Kashgar, hablando con otros viajeros en el hostal, empecé a entender el por qué de tantos controles. En esa región del país viven los “Uygurs”, una etnia con más rasgos y cultura en común con las naciones centro-asiáticas que con los “Hang”, la etnia a la que pertenecen la mayoría de los chinos (más blancos de piel y con los ojos más “achinados”). No creo que al gobierno le preocupe mucho el color de la piel o si tienen los ojos más o menos redondos, pero sí le importa mucho que esta etnia es musulmana y, desgraciadamente, los días siguientes, pude comprobar la presión que ejerce sobre esta comunidad (claramente al gobierno Chino no le gustan nada las religiones y parece que está repitiendo la colonización cultural y violaciones de los derechos humanos que hizo en el Tibet hace 70 años).

Como turista, no tuve ningún problema en la ciudad. Tanto los turistas como los chinos de la etnia Hang, podíamos movernos libremente dentro de ella. Los Uygur (que en esta región son mayoría), también podían ir a cualquier lado, pero antes debían pasar siempre algún control, de estos que ya había visto, en el que tenían que poner el dni en una maquinita que, previo reconocimiento facial, les levantaba el torno para que pudieran seguir su camino. Las habían para acceder a centros comerciales, gasolineras e incluso alguna en las calles peatonales, donde formaban grandes “V” con conos: los hang y los turistas pasábamos por un pasillo lateral, pero los uygurs tenían que entrar en la “V”, como si fueran peces que se meten en una red, para acabar llegando a las dichosas maquinitas.

El único problema como turista en la ciudad era que no podías hacer fotos en los que saliera la policía. En cualquier otro país esto no hubiese sido un problema, pero es que allí era tal la cantidad de policías que había en las calles, que era muy complicado hacer una foto y que no saliera ninguno y, si había alguno cerca cuando la estabas tomando, se acercaba a comprobarla y te la hacía borrar si salía alguno de sus compañeros en ella.

Aparte de eso había cámaras por todas partes y, a mi, desde el primer día, me faltaba el aire en aquella ciudad. Mi intención no era quedarme más de un par de noches, pero había tenido una caída tonta con la bici que me había dejado el dedo meñique de la mano derecha como una morcilla (por lo que tuve que ir al hospital) y, por otra parte, se me ocurrió la mala idea de comprarme una tablet allí. Los equipos electrónicos allí están más que capados y no podía bajar la mayoría de aplicaciones que uso, ni acceder a google, correo, redes sociales, etc. Intenté devolverla al día siguiente , pero no me dejaban y tuve que hacer varios días de gestiones para que al final me devolvieran el dinero….pero mejor no me entretengo con estas historias, que si no este blog no va a avanzar nunca…

La ciudad en sí está bien. Tiene un bonito casco antiguo que, según un orgulloso letrero que había a la entrada, es el único que queda en pie en toda China….cuando lo vi no entendí que los Chinos presumieran en un cartel de haber destruido todos los demás para “modernizar” sus ciudades y de que solo quedara este en pie, pero así era. De hecho, muchos edificios estaban de reformas y otros claramente se veían reformados ya, de forma que parecieran antiguos aunque en realidad no lo eran, así que no sé si podrán seguir presumiendo de casco antiguo muchos años más.

Lo que más me gustó de la ciudad fue el mercado nocturno. Lleno de gente y de puestecitos donde probar un montón de comidas diferentes (con poco o nada que ver con lo que puedes comer en España en un restaurante Chino). Acudía todas las noches, a veces solo y otras acompañado de otros viajeros. Una noche, que había ido con Hugo, un alemán que también viajaba en bicicleta, nos pedimos un bowl con una sopa de vegetales con huevo que tenía muy buena pinta. La comida China suele ser picante, pero esta sopa estaba entre las cosas más picantes que he probado en mi vida. Nos costó sudores comerla. No sé exactamente la cara que pusimos pero, la mujer de al lado, en un momento dado, se levantó, se fue a un puestecito cercano, y nos trajo de regalo una bebida de yogurt para mitigar un poco el ardor que sentíamos en la boca.

Aparte del mercado, también disfrutaba mucho con las tertulias nocturnas en el hotel, donde podíamos hablar libremente de las cosas que habíamos visto durante el día (nos habían advertido que había mucha policía secreta y que mejor no comentáramos nada malo mientras estuviéramos en la ciudad).

La tercera noche de tertulias, mirando mi móvil, descubrí que tenía una aplicación en chino. Flipé, se lo comenté a los que estaban conmigo y me dijeron que te la ponían en la frontera, donde, como ya comenté, se llevaron mi pasaporte y mi móvil un buen rato. La desinstalé enseguida pero, como no sabía si había algo más oculto en mi móvil, apenas hice uso de él hasta que salí del país.

En esas tertulias escuché hablar por primera vez de los “campos de re-educación”, donde se llevaban a los uygurs “radicales”. El problema es que, entre las cosas que te convertían en un radical, según lo que escuché allí y leí posteriormente en un artículo de la BBC, estaba el que te vieran rezando (los musulmanes rezan 5 veces al día), solicitar el pasaporte, llevar velo, tener familiares viviendo fuera del país o, simplemente, acceder a una página web extranjera.

Por lo que escuché y leí después. La policía te cambia el nombre cuando entras en uno de estos, centros para que tu familia y amigos no puedan localizarte, y pueden pasar años antes de que consideren que ya no eres “radical» y te suelten.

Otra cosa que me llamó mucho la atención es que, de vez en cuando, se veía gente en la calle haciendo una especie de entrenamiento militar. Solía ser en algún parque. Había un militar con un palo haciendo movimientos (y un “HUH” con la boca en cada movimiento) y unas 30-40 personas de diversas edades delante repitiendo el gesto y el sonido con bastante desgana. Me explicaron que les estaban entrenando por si había un ataque terrorista (según la versión oficial, esta región está llena de terroristas y por eso hacen todos los controles). Pregunté si esa gente elegía libremente formar parte del entrenamiento y me dijeron que no, que un día te avisaban de que durante un tiempo ibas a tener que asistir a ellos y que más te valía hacerlo.

Supongo que algun@ se estará preguntando “¿y esto se sabe?”…pues sí, gobiernos, Ongs y hasta la ONU llevan años denunciándolo, pero China es una potencia económica mundial y, a la hora de la verdad, parece que eso cuenta mucho más que las violaciones de derechos humanos que se están cometiendo allí.

Finalmente, tras pasar 6 días en la ciudad, con el dedo vendado e inmovilizado y con el dinero de la tablet recuperado, estaba listo para empezar a recorrer la Karakorum Highway. Feliz por salir de allí y por lo que tenía por delante, pero también algo acojonado. Ya había comprobado que mi “escudo de turista” no funcionaba fuera de las ciudades y, además, mi amigo Hugo (el alemán que también viajaba en bici) había hecho un intento de salir con la bici y, tras un largo día de controles, retenciones y algunos trayectos en furgón policial, lo metieron en uno de estos últimos y lo devolvieron a la ciudad diciéndole que se pillara un tren al día siguiente hasta otra región, que de allí no se podía salir en bici. Afortunadamente yo iba en otra dirección, pero lo que me esperaba no parecía un camino de rosas….

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China 1: Passport! Passport! Passport!

Había acampado cerca de la frontera de China. Me levanté temprano porque había leído que a mediodía cerraban para comer (nada menos que 3 horas), pinché de camino y llegué justo cuando acababan de cerrar, así que me tocó esperar allí. Una vez dentro del edificio y después de pasar las alforjas y a Vita por grandes escáneres (había hasta para camiones enteros) me pasaron a una habitación donde me pidieron el móvil y el pasaporte y se los llevaron. Me encontré con algunos viajeros a los que la hora de la comida les había pillado en medio del proceso de entrada y los habían dejado allí dentro esperando las 3 horas. Al rato me devolvieron mis cosas y me dijeron que tenía que tomar un taxi hasta Ulugqat, a unos 120km, que es donde está la “frontera burocrática” y donde me tenían que sellar el pasaporte.

Un policía distribuía la gente en taxis, 4 o 5 en cada uno, pero, cada vez que le decía a un taxista que me llevara, este se negaba señalando a Vita y a su taxi y haciendo gestos de que no cabía. Vita y yo estuvimos un buen rato sintiéndonos rechazados, hasta que apareció un guía que había venido a recoger a una pareja y me hizo de traductor. El policía le dijo que si pagaba 400 yuanes (unos 50€) me conseguía un taxi para mí solo. La alternativa era “esperar”, pero en dos horas cerraba el control de Ulgqat y no era plan de quedarse en tierra de nadie. Acepté y a los 10 minutos tenía allí una pickup. Pusimos a Vita detrás y nos fuimos a toda velocidad hacía la ciudad (con el taxista presumiendo que el coche pillaba 170km/hora si quería).

Una vez allí, y tras otra ronda de escaneos, me dieron el pasaporte con el sello y empecé a pedalear por China. Antes de meterme en la ciudad, vi una especie de polígono medio vacío a un lado de la carretera. Estaba anocheciendo, me desvié sin dudarlo y monté la tienda en un descampado, rodeado de montones de tierra que me escondían (ya comenté que en esta región de China no está permitido acampar).

Al día siguiente atravesé la ciudad: limpia, cuadriculada, con grandes avenidas y, como mucho cada dos manzanas, un cuartel de la policía. No tardó mucho en adelantarme un coche patrulla y pararme para pedirme el pasaporte. Afortunadamente no les dio por preguntarme donde había dormido y me dejaron seguir sin problemas.

Voy en dirección a Kashgar, desde donde parte la famosa carretera del Karakórum, una carretera de 1200km que une esta ciudad China con Islamabad, la capital de Pakistán.

Al salir de la ciudad encuentro otro puesto de policía (hay en los dos lados de la carretera, para controlar a todos los que entran y salen). Me paran, se anotan todos los datos de mi pasaporte en una aplicación de su móvil y, además, le hacen fotos a todas las hojas que tienen algún sello en ellas. Me fijo que los chinos tienen que parar el coche, entrar en el edificio, poner el dni en una maquinita que, tras un reconocimiento facial, abre una especie de valla que les da paso a un arco de seguridad. Si no salta ninguna alarma, pueden salir a recuperar su coche y seguir su camino….si llegan a tener un aparato para leer el pensamiento me encierran allí mismo.

Unos 30km más adelante, salgo de la carretera para ir a un restaurante que he visto en el mapa…y otro control. Esta vez, aparte de tomarme todos los datos, me hacen esperar hasta que llegan dos militares que, tras revisar mi pasaporte, me dejan pasar (y eso que les he dicho que solo iba allí a comer). Como con unos camioneros de Kirguistán, 15 yuanes (dos euros) por un plato de pasta enorme. No consigo acabarlo y me llevo lo que ha sobrado para cenar.

Poco después veo una arboleda perfecta para esconderse y acampar, pero me parece pronto (apenas son las 3) y hace buen día, así que decido seguir….. para encontrarme otro control😒 .

Esta vez el policía no se aclara con los datos que tiene que meter en la app, así que aprovecho para echarme una cabezadita mientras él llama a varias personas para que le digan lo que tiene que poner en cada sitio. Finalmente lo consigue tras más de media hora y me deja continuar mi camino.

A los pocos kilómetros, veo un camino y decido meterme para buscar ya un sitio para acampar, justo sale un coche de policía de allí y me dice que siga por la carretera. Aún no soy consciente, pero ya la he cagado porque, a partir de ahí, voy a tener todo el rato a un coche de policía detrás. Con el primero dudo, voy lento a ver si se cansa de seguirme y hasta paro a comer galletas para ver si se van….pero nada, se quedan parados a unos 50m hasta que sigo.

Paso por un pueblo justo cuando los niños salen del cole y me suben la moral con sus caras de asombro y sus sonrisas. De vez en cuando paso por un puesto policial y veo que el coche que me sigue se para y otro toma el relevo. A veces, se ponen a mi altura, me sonríen y hacen fotos y, en una ocasión, uno de ellos me dice que pare, pero no para pedirme el pasaporte como yo pensaba, sino para ver como bajo y subo. Lo único bueno es que, escoltado, ya no tengo que parar cada vez que hay un control en la carretera (que no son pocas).

A unos 20km de Kashgar veo una arboleda a lo lejos. Intento el último cartucho y paro con la intención de comerme las sobras de la comida, a ver si así, los que me escoltan ahora, se cansan de esperar y se van.

Los policías bajan del coche y, uno de ellos, al decirle que voy a cenar, me dice que no, que siga pedaleando, indicándome que hay un restaurante más adelante. Yo le digo que no, que llevo comida, se la enseño y él insiste señalando con el dedo hacia delante “restaurant! restaurant!”. Le enseño el cuentakilómetros, le digo que llevo más de 90km hoy y que, si no para a comer, no llego.

Protesta un poco y me hace gestos como que se quiere ir a dormir, yo le digo que se vaya, que he venido de España hasta aquí solo.

Les cuento señalándoles uno a uno: “one two, three, four….why?, I don’t need you! Me Spain to China alone!”

Señalo la carretera: “road!”, señalo el móvil: “map!” , hago como que pedaleo con las manos: “tutututú…. city!! No problem!”. “you go sleep, me dinner, energy, city!” (afortunadamente mi ingles da para algo más que esto, pero el suyo no, así que tampoco valía la pena esforzarse mucho más😅).

No cuela, pero al menos me dejan comer. Suelo comer despacio, el único que ha hablado se pone nerviosito y me dice que coma más rápido. Yo aprovecho para decirle otra vez que se vayan. Empatamos en no hacernos caso porque sigo a mi ritmo y ellos se quedan allí mirándome.

Finalmente acabo, le pongo nervioso una vez porque él pensaba que ya iba a subir a Vita, pero me entretengo lavándome los dientes (no por putearle, que también, sino porque es una manía que tengo). Finalmente sigo camino con mi escolta particular. Me acompañan hasta un control  enorme que hay a unos 11km de la ciudad. Me dicen que me ponga enfrente del edificio principal, me hacen unas fotos (supongo que para demostrarle a su jefe que han cumplido su función) y se van.

Entro en el edificio, hay tantos escáneres que podría ser el control de fronteras de cualquier aeropuerto internacional. Está muy concurrido, porque todos los que salen o entran de la ciudad tienen que pasar por allí. Afortunadamente, solo me escanean el pasaporte y me dejan seguir.

La carretera es una autovía de varios carriles que se mete en la ciudad, voy rodeado de coches y autobuses, con mucha gente grabándome, sonriéndome y dándome las fuerzas que me empiezan a fallar otra vez después de esta interminable jornada. Ya dentro de Kashgar, un policía me da el alto.

Como ya casi he llegado, bajo de buen rollo de la bici riéndome y le digo “Passport, Passport, Passport, Passport…..7 times passport today!!”, él también se ríe, se aparta un poco y me señala una vía auxiliar (estaba detrás de unos arbustos muy altos y no se veía ni desde mi privilegiada vista en Vita) por donde circulan todas las motos y las bicis de la ciudad….entre el cansancio del día y el estres de ir entre mucho tráfico, no me había fijado que llevaba un rato siendo el único vehículo de dos ruedas por esta carretera.

Y por estos carriles exclusivos y muy transitados (la ciudad está llena de motos, la mayoría eléctricas) llego al centro y me voy directo un hostal que me habían recomendado.

Tiene un buen patio, pero las habitaciones, con 4 literas cada una, son bastante cutres y no hay taquillas ni nada para dejar la ropa. Ya es de noche, he hecho 111km y no estoy para ponerme quisquilloso. Además, hay una pareja que conocí en Osh y varios viajeros más, así que decido quedarme allí. Me doy una ducha, me llevo una alegría al ver que la cerveza (de 600ml) cuesta apenas un euro y me quedo de tertulia con los otros viajeros a ver si me cuentan buenas noticias, porque como sean todos los días así….

Os dejo con las fotos. Para ser riguroso con el texto (y currar menos 😅) solo incluyo una de Vita en su taxi privado y dos que tomé, desde el taxi, del paisaje que no pude recorrer en bici.

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Vuelta a la ruta

Para refrescaros la memoria (que con el tiempo que llevo sin escribir será más que necesario) había dejado a Vita en Osh, Kirguistán, después de recorrer la mítica Pamir Highway con ella.

Volví a casa, pasé unas semanas con mi familia y amigos y, de ahí,  a mi querida Monterrey a trabajar.

Como ya conté, había sido muy feliz en mi primera etapa en Monterrey y, esta vez, fue incluso mejor. Trabajar allí no fue fácil (entre otras cosas, la indeterminación del “ahorita”, no venía nada bien para los planes y plazos de montaje), pero la vida después del trabajo no paraba de mejorar y, con muchos amigos y muchas actividades, pasé una de las mejores etapas de mi vida…..pero llegó el verano,  había que aprovechar el buen tiempo y, una vez más, dejé el trabajo, me despedí con pena de mis amigos y volví a casa.

Pasé mes y medio disfrutando de mi tierra y preparando el viaje y, a mitad de agosto (del 2018, casi 4 años de retraso en escribirlo 😳 ), volé a Kirguistán para reencontrarme con Vita.

Pasé 4 días en el hostal donde la había dejado, poniéndola a punto, comprando víveres para la ruta y compartiendo los ratos libres con otros viajeros que acababan de terminar, o estaban a punto de empezar su ruta por la Pamir highway. Entre ellos, tengo que destacar a Imanol, un vasco que acababa de terminarla y estaba descansando unos días antes de volver a casa. Una gran compañía y una ayuda inestimable para poner a Vita a punto y dejarla preparada para lo que venía. También tuve la suerte de encontrarme, en una cafetería de Osh, a Charly Sinewan quien, por aquel entonces, ya llevaba 9 años dando vueltas al mundo con su moto. Muy majo y muy cercano, demostrándome una vez más que, a los grandes viajeros (al menos a los que he conocido yo), no se les sube el ego sino todo lo contrario. 

El 5º día salí del hostal para ir hacia la frontera de China, me hubiera gustado quedarme en Kirguistán y conocerlo más, pero la carretera por la que tenía que entrar a Pakistán sube por encima de los 4000m y la cierran en invierno, así que no podía perder mucho tiempo.

Hacía casi un año que no subía en Vita, esos días la había probado, pero sin carga. La época en México había sido maravillosa, pero deporte,  lo que se dice deporte, había hecho poco o nada,  así que lo primero que pensé cuando salí del hostal cargado con las alforjas, fue:

  • “como pesa esto!!!” .

Para cualquier cuesta,  aunque tuviera una pendiente ridícula, tenía que poner la marcha más ligera… y estaba rodeado de montañas!  Además, me notaba inseguro y muy inestable ahí arriba, con lo que el segundo pensamiento fue:

  • “¿cómo llegué hasta aquí con esta bici?”.

Afortunadamente, tengo bastante memoria para algunas cosas y recordé que, 2 años antes, cuando empecé el viaje (que fue la primera vez en la que subí a Vita con todo el peso de las alforjas)  los pensamientos habían sido muy parecidos:

  • “ostia como pesa!!!” …
  • “¿y yo quiero llegar a Asia así??”

… y si aquella vez me había acostumbrado al peso y había llegado hasta Kirguistán, esta vez no iba a ser diferente.

Vita se puso a cosechar sonrisas, caras de sorpresa y saludos (en las ciudades, con mucha gente en la calle, el título de este blog se queda muy corto) y yo, a pesar del peso y de lo inseguro que me encontraba ahí arriba, salí de allí más que feliz de reencontrarme con las reacciones que siempre provoca Vita.

Como las fuerzas iban justitas (sobre todo los primeros días, que acababa reventado y había días en los que me tenía que forzar a cenar porque lo único que me pedía el cuerpo era que me acostara a dormir), acampaba pronto y disfrutaba tranquilamente del paisaje.

Al ser un país de nómadas, la gente está acostumbrada a ver gente en movimiento y a que aparezcan y desaparezcan las yurtas del paisaje (la vivienda usada por los nómadas en Asia Central),  con lo cual puedes acampar donde te dé la gana (incluso a pocos metros de la carretera)  y lo mucho que hará alguien que pase por allí, será saludarte de lejos o pasarse unos pocos minutos a ver si estás bien. Los que sí que se acercaban y se quedaban más rato eran los niños. Pero con ellos me lo paso genial haciendo el payaso, malabares o simplemente enseñándoles todo el material que cargo conmigo y viendo sus caras de curiosidad y asombro.

Estaba rehaciendo parte de la ruta que había hecho un año antes y fui a acampar a un sitio donde el año pasado había conocido a unos nómadas. Como esta vez los días pasaron tranquilos, aprovecho para meter aquella historia en esta crónica.

Mi hermano y Ana (que en aquel momento viajaban conmigo) se habían desviado de la ruta para ver el pico Lenin (7134m).  Yo había decidido parar en algún sitio en el camino para esperarles descansando y aprovechando para mimar un poco a Vita.

Encontré un sitio con un pasto muy verde, al lado de un rio y rodeado de montañas.  Acampé allí, había varias familias  de nómadas cerca y, uno de ellos, vino a invitarme a desayunar al día siguiente en su caravana. Me preguntó si yo bebía, le dije que de vez en cuando y me dijo “ok! Pues mañana bebemos!”

A la mañana siguiente vino al lado de mi tienda y se puso a llamarme diciéndome que el desayuno estaba listo. Estuve a punto de decirle que me lo guardara un par de horas (eran las 7!!), pero me callé educadamente y me fui con él. Me invitaron a té, leche, yogur, mantequilla y pan. Estuve un rato con ellos y luego volví a mi tienda y me puse a limpiar/engrasar/ajustar a Vita.

Al rato apareció el hombre y me pidió dinero para comprar alcohol. Con tanto lácteo en el desayuno no me apetecía nada beber pero,  al cambio, me estaba pidiendo poco más de un euro, así que se lo di y se fue andando al pueblo que estaba a unos 3km.

Al cabo de una hora volvió muy feliz y sacó una botella de vodka de medio litro de una bolsa. A falta de fanta, hielo o vasos, empezamos a beberla a chupitos. Yo, a media botella, ya le decía que se la bebiera él, pero él insistía en que no, que un chupito cada uno y no dejaba de insistir en que tomara el siguiente hasta que lo hacía.

Él, cuando bebía, se escondía un poco detrás de mi tienda para que no le viera nadie. Le pregunté por qué se escondía, se levantó la camisa y me enseño una venda que llevaba. La apartó y tenía una sonda entrando a su estómago a la que estaba enganchada una bolsa para recoger lo que salía de allí. Me dijo que le habían operado hacía poco (entre el idioma y la castaña que estaba pillando no me enteré de qué) y que tenía que llevar esa bolsa unos días…..siguió insistiendo en que bebiéramos y ya no le puse resistencia, mejor que no se la bebiera él solo,  no fuera que se me quedara allí el hombre.

Acabamos la botella y me insistió para que compráramos otra!!! Como no me convenció, se fue de allí medio indignado, dejándome pensando qué hacía yo  con esa borrachera sin un after cerca.

13 meses después, había llegado al mismo sitio pero, afortunadamente para mi hígado y desafortunadamente para mí por no tener reencuentro, los nómadas no estaban allí. Así que pasé solo una noche allí y seguí el camino.

Tras 8 días de ruta disfrutando de unos paisajes espectaculares, llegué a la frontera de China. En principio, un país del que, lo poco que sabía, no me gustaba mucho. La región por la que iba a pasar, Xinjiang,  es conflictiva (ya os contaré por qué en la próximas entradas), sabía que no estaba permitido acampar, que me iba a encontrar muchos controles de policía y que no dejaban pedalear cerca de las fronteras (para entrar en el país, tienes que tomar un taxi hasta la primera ciudad que está a 140km y, para salir, un autobús desde la última ciudad hasta Pakistán, a más de 100km).

Entre eso y las ganas que tenía de llegar a Pakistán (del que, aunque esto igual os sorprende, había oído hablar muy bien), China no era un país que me hiciera especial ilusión recorrer, pero a ver con qué me sorprendía la vida esta vez….

Os dejo con las fotos.

 
Poniendo guapa a Vita
Imanol probando a Vita
Con Charly Sinewan en Osh

Listos para reemprender el viaje 🙂
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Pamir 2. Tayikistán – Kirguistán

El universo me escuchó, dormí 11 horas seguidas del tirón y, aunque no estaba en mi mejor momento, había recuperado fuerzas para seguir adelante.

Esos días tenía viento a favor y, aunque por las tardes me volvía a encontrar mal, en pocos días se me pasaron las molestias y pude seguir avanzando.

Tuve otro encuentro de esos que te cargan las pilas un día a la entrada de una pequeña aldea:

Se me pone un 4×4 al lado, el conductor baja la ventanilla y me pregunta:

– “¿Cuantas sonrisas llevas hoy? “

Me quedo flipando y bajo de la bici para hablar con ellos. Son Mr and Ms Smith, una pareja de alemanes. Me cuentan que leyeron algo de mi proyecto en Internet antes de salir, que sabían que quería hacer la Pamir y que habían pensado que igual me encontraban por allí. Estuvimos un rato hablando y luego nos despedimos pero, antes de acabar el día, los vi acampados al lado de un río, me paré a pasar la noche con ellos y me invitaron a una cerveza que me supo a gloria.

El día siguiente fue corto, poco después de comer apareció este paisaje y no dudé ni un momento en dar por finalizada la jornada y pasarme la tarde disfrutando de las vistas.

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Los días siguientes fueron de los más duros del viaje. La carretera (por llamarla del alguna forma) estaba fatal, y las cuestas tenían mucha pendiente. El problema de Vita es que, si te quedas parado encima, te caes. Por aquel entonces Vita pesaba más de 70kg. Evidentemente subíamos muy lento y, si en algún momento pillaba una piedra gorda o resbalaba la rueda, nos íbamos al suelo….en una de estas caídas me hice bastante daño y, a partir de ahí, si veía una pendiente demasiado inclinada y con la carretera en mal estado, me bajaba y la empujaba. Empujar a Vita, con el manillar tan alto, cuesta mucho más que ir subido en ella y me cansaba bastante más, pero por lo menos me evitaba las caídas, que no era buen sitio para romperse nada.

Os dejo un par de vídeos donde se ve que el camino no fue precisamente de rosas.

Pero no quiero desanimar a nadie. Si algun@ de los que leéis esto os habéis planteado hacer la Pamir alguna vez, espero que esto no os eche para atrás!

No lo voy a negar, fue muy duro, pero, como dice una canción de La Pegatina: “tampoco será pa tanto si yo lo aguanto!”….solo hay que ser cabezota y tener ganas! Si esto no os anima, os diré que los paisajes compensaban de sobra todas las dificultades, caídas y esfuerzo. Como ejemplo, os puedo contar qué el día más duro que recuerdo, uno en el que apenas me quedaban fuerzas para montar la tienda, cuando salió la luna y me vi rodeado de esas impresionantes montañas, me puse a bailar de alegría…y yo soy de los que normalmente no bailan hasta el tercer o cuarto cubata☺️

Y como una imagen vale más que mil palabras, os dejo unas fotos de esos días que seguro que os animan mucho más de lo que yo pueda decir:

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Pregunto por el pueblo, pero es difícil hacerse entender. Al final, en una guesthouse, encuentro a una polaca que habla ruso y que se ofrece a acompañarme y a hacerme de traductora.

Por lo visto, sí ha pasado una pareja por el pueblo, pero se han ido. Hay un lago cerca del pueblo que es donde pensábamos acampar, así que supongo que estarán allí. Ya es de noche y es todo el camino de subida, así que me quedo en una guesthouse y aprovecho para darme una ducha caliente en una especie de sauna que tiene el local (una gran caldera calentada con leña que me sienta como el mejor de los spa).

A la mañana siguiente hago los 7km hasta el lago y los encuentro allí acampados.
Como siempre, la intercepción me llenó de energía, pero esta vez, además, de forma literal, porque mi hermano es un cocinillas y se había traído quínoa, mijo y algunas especias que enriquecieron mi rutina de pasta o arroz.

Pasamos el día en el lago (más que nada para que yo descansará que a ellos se les notaban las ganas de empezar) y, al día siguiente, continuamos la ruta.

Durante todos los días que apreté el ritmo hasta encontrarlos, me consolaba pensando que, cuando estuviera con ellos, llegarían mis vacaciones. Yo no sólo estaba ya más que habituado a la altura, además llevaba 8 meses de viaje (con lo que estaba muy en forma) y me imaginaba esperándoles la mayor parte del tiempo…..pero me equivoqué de largo! Llegaron muy entrenados y, lo que es más importante aún, con mucha capacidad de sufrimiento: les tocaron los puertos más altos y la parte de la ruta donde prácticamente todos los días tienes el viento en contra y, aun así, no recuerdo casi quejas y avanzábamos a buen ritmo (a veces hasta demasiado para mí y eran ellos los que me tenían que esperar)……así que mis vacaciones no fueron tales, pero en buena compañía y con los maravillosos paisajes por los que pasábamos, tampoco las eché de menos.

Y antes de dejaros con las fotos, os tengo que confesar que también hubo algo malo en la visita: Mi hermano es una auténtica gramola y tooodas las mañanas se levantaba cantando. Su repertorio es muy amplio y podía pasar de una canción de Barón Rojo a una de Barrio Sésamo en pocos minutos. Seguramente os estaréis preguntando por qué le doy tanta importancia a que alguien cante y, de hecho, en realidad, no se la doy. Normalmente la gente canta cuando está contenta y a mí me gustaba ver a mi hermano así…. la parte mala es que a mí se me pegan muchísimo las canciones y me pasaba horas cada día tarareando la canción más tonta que hubiera cantado mi hermano esa mañana sin poder quitármela de la cabeza 😅.

Y ahora vuelvo a dejar que sean las fotos las que cuenten esos días y sigo después.

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Finalmente, después de esta dura pero maravillosa experiencia, llegamos a Osh. Mi hermano y Ana tuvieron apenas un día para empaquetar las bicis y volar de vuelta. Yo me quedé remoloneando unos cuantos días más, pero para mí también se había acabado el viaje…. al menos la primera parte.

El fundador de mi empresa me había llamado varias veces para pedirme que volviera. Mi último proyecto había sido en México y había pactado dejar la empresa cuando este se acabara. Pero el proyecto se paró por motivos políticos y no tenía ningún sentido estar allí sin nada que hacer, así que dejé de trabajar y empecé el viaje.

El proyecto se reanudó y, como ya he comentado, el fundador empezó a llamarme para que volviera. Al principio dije que no, me había costado mucho empezar, estaba viviendo mi sueño y ya tenían un sustituto. Pero mi sustituto renunció (con lo que se les complicaba mucho la cosa) y mis planes de viaje tampoco eran los más esperanzadores: no había conseguido el visado de China, el de Pakistán (país que tenía muchas ganas de visitar) sólo podía conseguirlo si volvía a España y, la única alternativa que me quedaba, era cruzar a Mongolia e intentar conseguir allí el visado para China, renunciando a pasar por Pakistán. Pero venía el invierno y en invierno en Mongolia las temperaturas llegan a -40 grados.

En México había dejado una vida muy feliz y muchos amigos así que, aunque me costaba mucho imaginarme volviendo a trabajar y siendo esclavo de la alarma cada mañana, hacía unas semanas que había decidido hacer un parón en el viaje. No fue una decisión fácil, pero la fui asimilando con los días y, cuando acabé la Pamir, tenía la certeza de que me iba a sentar bien el parón, muchísimas ganas de ver a amigos y familia en España (mis sobrin@s!!!!), estar con ellos un tiempo y retomar después mi vida en México. Así que, una semana después de que se fueran mi hermano y Ana, dejé a Vita a buen recaudo y regresé a casa.

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Tayikistán. Y llegamos a la Pamir…

Finalmente Tizian y yo llegamos a tiempo de salir de Uzbekistán antes de que caducara su visado. Entramos en Tayikistán por la tarde y acampamos al lado de un río a la sombra de unos árboles, todo un lujo después de la paliza que nos habíamos dado los últimos días. Tizian no se encontraba muy bien y se acostó. Mientras, yo me fui a socializar con unos hombres que estaban de picnic al lado del río y que me hincharon a base de fruta y cerveza.

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Primer día en Tayikistán.

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De frases que pueden influir en tu vida

Seguía viajando con Tizian hacia Tayikistán. Paramos a comer en un restaurante y vimos a un ciclista que venía en dirección contraria. Salimos a hacerle señas para indicarle que parara. Vino hacia nosotros, nos presentamos y nos dijo que venía de recorrer la pamir highway, él en sentido contrario al que la íbamos a recorrer nosotros. Dejó su bici, se quedó mirando a Vita y preguntó:

– “¿y esto?”
– “Esta es mi bici”
– “¿Y quieres hacer la pamir highway?”
– “Si”
– “Con esta bici no vas a poder!”
– ……

Poca gente me cae mal de primeras pero él, con 5 palabras, lo había conseguido.
¿Qué significaba exactamente “no poder?”, ¿que habría momentos en que tendría que bajarme y empujar a Vita?, ¿que tendría que pedir ayuda a camioneros para evitar las pendientes mas duras?, ¿había un tiempo máximo para hacerlo?, ¿o algún otro requisito para poder decir “he recorrido la pamir en bici”?.

Para acabar de arreglarlo, luego nos vaciló de que el año que viene tenía que buscarse una ruta más exigente, porque esta no le había parecido tan dura como decían…pero yo apenas le escuchaba ya. Mi cerebro se había ido varios años atrás y sonreía mientras recordaba esta frase:

-“¿Tú has venido de Dharamsala aquí en bici, no? ….pues entonces puedes hacerlo!”

Fue en el 2012. Yo nunca había viajado en bicicleta, ni siquiera un viaje de dos días pero, aquel año, me compré una bici y volé hasta la India donde, por primera vez en mi vida, empecé a viajar con alforjas.

Llevaba apenas 4 días viajando cuando, en un pueblecito de montaña, me encontré a un grupo de españoles, entre ellos Javi, “el bicicleting”. Él llevaba dos años viajando en bici (había empezado en indonesia e iba hacia España). Estaba recorriendo la famosa carretera Manali-Leh (la carretera más alta del mundo) cuando, por un problema de frenos, tuvo que dejar la bici al poco de empezar la ruta y volver en bus a comprarse recambios. Claudia y Luis, unos amigos suyos, andaban por la zona y aprovechó para tomarse unos días de descanso y visitar con ellos el pueblo donde nos encontramos.

Estuvimos varios días juntos. Hablamos varias veces de esa carretera y siempre me decía que era preciosa y que tenía que hacerla…..yo le decía que sí, que me gustaría… “igual dentro de un mes cuando pille algo de forma…”
Coincidió con mi cumpleaños y lo celebramos con una botella de ron. Al día siguiente cada uno seguiríamos nuestro camino. Ellos hacia Manali para tomar un bus a Keylong, donde estaba la bici de javi, y yo a unos pueblecitos más arriba en la montaña. Al despedirnos Javi me dijo que iba a estar un tiempo en Leh, que me animara y que a ver si coincidíamos allí.

Al día siguiente me levanté con algo de resaca, no tenia prisa así que decidí quedarme. Me fui a una cafetería cercana a desayunar y, al rato, llegaron Javi, Claudia y Luis, que también habían decidido dejar lo del bus para el día siguiente.
Nos quedamos hablando después del desayuno y volvió a salir el tema de la carretera. De repente, Javi se giró y me dijo “oye, ¿y por qué no te vienes conmigo”?, subimos tu bici en un bus, vamos a Keylong, estamos un par de días aclimatándonos y nos vamos a Leh en bici!”

Tengo que admitir que yo ya había pensado esa opción pero, por una parte, me parecía una locura subir con mi bici a mas de 5000m y, por otra, sabía que iba a ser un lastre para él, así que ni se me había pasado por la cabeza proponérselo.
Le dije que no estaba nada en forma, que no sabia si iba a poder hacerlo y que, en cualquier caso, le iba a retrasar mucho……y él me dijo que no tenia ninguna prisa, que me esperaría y que no me preocupara, que iba a cuidar de mi…. “ te va a encantar! tienes que hacerla!”

A mí me hacia muchísima ilusión y, desde luego, si no aprovechaba esta oportunidad, dudaba que luego fuera a hacerlo yo solo…pero aún así, tenía dudas.

– “pero si solo llevo 4 días viajando en bici….”

y entonces dijo la frase que en ese momento me hacía sonreír:

“tu has venido de Dharamsala aquí en bici, no? ….pues entonces puedes hacerlo!”

….desde Dharamsala hasta allí había hecho 220 km sin ningún puerto de por medio, él me estaba hablando de hacer más de 500km pasando por 5 puertos por encima de los 4900m!

Me di cuenta de que, si en vez de a Javi, aquel día me hubiera encontrado a este individuo, probablemente no habría recorrido esa carretera y me habría quedado con la idea de que rutas y puertos grandes no eran para mi, y no sé si me hubiera atrevido a subir alguno. Pero, afortunadamente, aquel día me encontré a Javi. Él apenas me conocía pero, con la experiencia que acumulaba sobre ruedas, si él decía que podía hacerlo, no iba a ser yo quien le llevara la contraria…..acepté encantado su propuesta y, en mi quinto día de cicloviajero, estaba subiendo un puerto de 4900m.

Aunque Javi cumplió de sobra su palabra: me esperó, me animó, me cuidó (los días que me veía muy cansado me decía “Quico, tu descansa, duerme, lee, o haz lo que quieras, que ya te aviso yo cuando tenga preparada la cena” ) y hasta me dejó ropa por las noches para que pudiera quedarme con él mirando las estrellas, yo sufrí como nunca, pasé muchísimo frio (mi tienda y mi saco eran de juguete para esas alturas) y hasta vomité de puro cansancio en mas de una ocasión….pero lo hice y llegué a Leh pedaleando.
…..
En aquel momento me imaginé a Javi a mi lado diciéndome “pues claro que puedes! Subiste conmigo los 3 puertos mas altos del mundo y has llegado hasta aquí desde tu casa!”

Y, aunque aquel personaje seguía cayéndome mal, casi que le agradecí sus palabras, porque me habían hecho darme cuenta de que, gracias a las de Javi, el “no voy a poder hacerlo” había dejado de ser una posibilidad. No sabía cuanto me iba a tocar sufrir esta vez, pero tenía muy claro que, salvo enfermedad o problema mecánico grave, iba a recorrer la pamir highway con Vita.

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Algunas fotos de ese viaje

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Uzbekistán. Arquitectura para la vista y melones para el calor

Lo primero que me llamó la atención en Uzbekistán (aparte de que casi todos los coches funcionan con gas, que es algo que ya me sorprendió en Turkmenistán) es que la mayoría de la gente tiene varios dientes de oro. Era hasta raro cuando Vita le sacaba la sonrisa a alguien y no  brillaba ese metal en su boca. También me llamó la atención lo mucho que se bebe en este país. Lo normal es acompañar la comida con una botella de vodka (que se toman a palo seco) y tuve que pedir disculpas varias veces que me invitaron a comer por no aceptarlo y dejar solo que me invitaran a cerveza.

En un par de días ya estaba en Bujará, sin duda una de las joyas de la ruta de la seda. Una preciosa ciudad, con edificios bien conservados a pesar de los cientos de años de historia que tienen. Me alojé en el hostal Rumi, lugar de encuentro de viajeros. Me quedé allí 5 días y disfruté mucho esos días de descanso, paseos, lectura y cafés en esta idílica ciudad y, por las noches, de las cervezas y charlas con otros viajeros en el hostal.

Entre los viajeros que me encontré hubo varios españoles. Javier y Laura se hospedaban en el mismo hostal y estaban allí esperando unas piezas para reparar el camión adaptado por ellos mismos en el que viajan. A Elvira y sus padres, Olga y Carlos, los conocí de casualidad en un restaurante y, al día siguiente, volvimos a quedar. Tienen la sana costumbre de hacer un viaje familiar todos los años y, con su conversación y actitud, son un ejemplo de que se puede ser viajero y no turista aunque solo se puedan hacer viajes cortos. También me crucé con varios grupos en viajes organizados, no pude hablar mucho con ninguno poŕque, normalmente, tenían prisa por seguir a su guía, pero la verdad es que Uzbekistán me pareció un destino ideal para este tipo de turismo: es accesible (en pocos días puedes ver muchas cosas), barato y con muchísimas cosas bellas que ver.

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Bujará

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Con Elvira y su familia.

Salí de Bujará con las pilas más que cargadas.  Tuve que emplearme a fondo porque el viento seguía soplando en mi cara y el calor seguía apretando pero, después de unos días parado, siempre pillo a Vita con muchas ganas y disfruté mucho de las sonrisas cosechadas durante el día y de los momentos de paz acampando por las noches.

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De camino a Samarcanda

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Vendedoras de melones que te invitan a almorzar 😍

Me fui directo a Samarcanda,  otra de las míticas ciudades de la ruta de la seda, donde llegué al cuarto día ya casi anocheciendo. Me pillé un hostal, me di una ducha y salí a buscar un sitio donde cenar algo.

Mis pasos se dejaron guiar por una música lejana que llegaba a mis oídos. Llegué al frente de un edificio con jardín, era una especie de sala de fiestas llena de gente trajeada. Me quedé mirando unos instantes y alguien me invitó a pasar. Le dije que solo estaba de paseo y que ni siquiera sabía que era eso. Me contó que era una boda y repitió su invitación… aparte de que hace más de 15 años que decidí no ir a bodas, iba con chanclas, pantalones cortos y camiseta, por lo que no lo veía nada claro, pero el hombre insistió diciéndome que había más turistas…. y entré.

Me sentó en una mesa con los otros viajeros y muchos locales que lucían grandes sonrisas y mejillas coloradas por la cantidad de vodka ingerido. No paraban de brindar y yo aprovechaba los momentos entre brindis para lanzarme sobre la comida que había en la mesa, que tenía el estómago vacío y, viendo el ritmo que llevaban, miedo de salir de allí a 4 patas. La gente reía, bebía, bailaba, todo el mundo parecía feliz….menos los novios que, sentados en una mesa en un pequeño escenario, miraban la escena desde arriba sin participar en ella. Serios y cada cual sumido en sus pensamientos. Luego me enteré  de que en este país las bodas eran acordadas por las familias, por lo que seguramente se acababan de conocer ese día. Esa noche me ofrecieron un par de veces conseguirme una novia (en estos países la gente se casa muy joven y más de uno me miraba como un bicho raro cuando se enteraban de mi edad y de que no estaba casado), pero no consiguieron que bebiera lo bastante como para aceptar.

Samarcanda también es espectacular, de hecho, los antiguos edificios son más grandes e imponentes que los de Bujará pero, desgraciadamente, en la época en la que los rusos gobernaron el país, destruyeron parte de la ciudad para hacer grandes avenidas con tiendas a ambos lados por las que los turistas puedan desplazarse de un edificio histórico a otro, lo que la ha hecho perder mucho encanto.

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Samarcanda

En Samarcanda conocí a Tizian, un joven cicloviajero francés, soñador, simpático y de lo más agradable. Al igual que yo, Tizian iba hacía Tayikistan para recorrer la Pamir Highway (una carretera que recorre más de 1200km entre montañas y es de las más espectaculares del mundo) y decidimos viajar juntos.

Yo tuve que ceder en salir antes la ciudad y hacer más kilómetros cada día (a Tizian le quedaban pocos días de visado y tenía que salir del país) y el aceptó de buena gana la única norma que pongo cuando viajo con alguien: “tenemos todo el día para pedalear, yo por las mañanas me lo tomo con muuucha calma”…. y es que, entre lo que holgazaneo dentro del saco, el desayuno tranquilo, el café y recogerlo todo, me tiro más de dos horas desde que me despierto hasta que estoy listo para salir.

Fueron días largos y de mucho calor que solo conseguíamos aplacar cuando pasábamos cerca de algún canal con agua y no dudábamos en meternos dentro. Las expectativas cada día eran grandes: “ a ver si hoy encontramos un sitio para acampar con agua cerca y con sombra, para que mañana no nos de el sol en cuanto salga…y a ver si pillamos a algún vendedor de melones a última hora y así tenemos postre”….pero, en vista del paisaje, iban cayendo expectativas hasta que solo nos quedaba el consuelo del melón (muy famoso en esta zona desde hace siglos, el viajero Ibn Battuta ya los nombra en sus crónicas escritas en el siglo 14) que no perdonamos ni una noche.

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Ruta con Tizian

Y una pequeña anécdota para qué veáis lo barato que es este país:

Paramos a comer el penúltimo día en el país. Después de pagar, hacemos recuento del dinero que nos queda a cada uno en moneda local. Entre los dos tenemos 26000 soms: unos 3 euros. Tenemos que comprar pasta para dos noches, avena para dos desayunos, un poco de verdura, el tradicional melón, pan para almorzar mañana y, con un poco de suerte, que nos quede algo para parar mañana en algún restaurante y comer algo antes de cruzar la frontera. En ese momento me dio por reírme: sería imposible en Europa, pero aquí igual conseguíamos estirarlo….y tanto que lo hicimos! aunque tengo que explicar que, la última noche, el vendedor nos regaló el melón de turno y, el dueño del restaurante que encontramos antes de cruzar la frontera, nos puso un plato enorme y varios tés a pesar de que le habíamos dicho que no teníamos casi dinero (“money no problem”, comentó). Le dimos los 14000 soms que nos quedaban (1.5 euros) pero solo aceptó 10000 , así que aún nos sobró para comprar otro melón con el que celebrar esa noche que habíamos salido del país a tiempo y ya estábamos en Tayikistán 🙂

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Turkmenistán, la primera impresión no siempre es la que cuenta.

Iba a empezar con el curioso cruce de frontera para entrar en este país, pero como lo conté en una entrevista hace poco, os dejo el enlace….os podéis ahorrar el resto de entrevista escuchando solo esta parte desde el minuto 21:55 al minuto 26:42.

El generoso gobierno de Turkmenistán solo concede visados de 5 días y yo, nada más entrar en el país, ya iba mal de tiempo para llegar a la siguiente frontera.

Dudé si entrar en Asjabad, la capital, para lo que tenía que desviarme unos km de mi ruta hacia el este, pero no tenía moneda local, así que decidí hacerlo. No sabía lo que me esperaba y me quedé alucinando mientras entraba en ella.

Es una ciudad que, el excéntrico presidente del país (del que, entre otras cosas, cuentan que le cambió el nombre al pan para ponerle el nombre de su madre) creó de la nada en mitad de una zona desértica. Me pareció surreal: grandes avenidas de 3 carriles centrales y dos laterales por sentido, todos los edificios blancos, todo limpísimo, cuadriculado y, de vez en cuanto, un edificio singular (con forma de cohete, de reloj…) estilo Calatrava, pero como si los hubiera diseñado después de beberse varias botellas de vino.

Lo hacía aún más extraño el hecho de que, a pesar de tanta grandeza y ostentación, no se veía a casi nadie por la calle. Tengo que especificar que era un sábado, sobre las 4 de la tarde y que los termómetros de la ciudad marcaban 42 grados, así que probablemente era normal esa ausencia de vida, pero a mi me daba la sensación de estar entrando en otro planeta en una película de ciencia ficción.

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Asjabat.

Me dirigí al centro y pude cambiar dinero en unas tiendecitas que encontré de camino. De vez en cuando paraba y hacía fotos hasta que, cerca de una rotonda, dos policías me vieron hacerlo y me indicaron por señas que fuera hasta donde estaban ellos. Me hicieron sacar la cámara y borraron algunas de las fotos que había tomado, incluyendo las últimas donde salía parte de esa rotonda.  Antes de despedirme, uno de los policías, colocándose de espaldas a otros dos que estaban al otro lado de la rotonda para que no le vieran, le pasó el teléfono a su compañero y le pidió que le hiciera una foto conmigo y con Vita….

Fui a la estación de tren a ver si tenía suerte y salía alguno con el que atajar un poco (tenía claro que no me iba a dar tiempo a recorrer todo el país en bici). Estaba llenísima de gente, parecía que toda la ciudad se había congregado allí y, después de dos meses viendo túnicas en Irán,  me sorprendieron los coloridos vestidos que llevaban todas las mujeres. No habían trenes en la dirección que yo iba hasta el día siguiente y no me apetecía nada quedarme en esa ciudad, así que seguí mi camino.

Aunque el sol ya estaba bajando, seguía haciendo muchísimo calor, por lo que decidí pedalear hasta un río que se veía en mi mapa. Llegué casi de noche, el río bajaba caudaloso y las orillas estaban escarpadas y no podía acampar cerca. El único sitio bueno que encontré era en una arboleda donde el río tenía un ramal tranquilo. Había unos jóvenes allí, yo los podía ver desde detrás de los árboles pero ellos a mi no. La mayoría parecían sacados del mismo molde que los espigados militares que había encontrado en la frontera y, sin saber decir ni “hola” en el idioma local, me acojonaba un poco acercarme…..pero tampoco tenía muchas más opciones, así que dejé a Vita en el camino y entré con mi mejor sonrisa. Les indiqué por gestos si podía acampar allí y me dijeron que sí. En cuanto me vieron llegar de nuevo con Vita, se acercaron todos, me ayudaron a empujarla por la arena, a montar la tienda y me invitaron a cenar y a compartir las cervezas que estaban tomando.

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Primera noche en Turkmenistán, no supieron sonreír para la foto, pero eran muy majos.

Al día siguiente pude seguir  comprobando la generosidad de la gente. Empecé pedaleando, pero aproveché que una camioneta paró a hacerme fotos para pedirle al conductor subir a Vita y empezar a atajar. Me llevó un rato y, poco antes de donde me había dicho que tenía que desviarse, me preguntó si quería parar a comer. Le dije que como él quisiera, paramos, se fue a pedir y, al poco tiempo, sacaron mi comida y me dijo que no le esperara y que fuera comiendo. Creía que le estaban haciendo la suya pero no, cuando acabé de comer se levantó a pagar y me hizo un gesto de que nos fuéramos. Le pregunté por su comida y me dijo que ya comería en su casa.

Seguí pedaleando un rato hasta que paré a merendar (como muchísimo cuando viajo con Vita). Decidí probar suerte y me puse al lado de la carretera a hacer autostop.

Para un policía en un coche privado y me pregunta si tengo problemas. Le digo que no y le explico que, como no me da tiempo a llegar a la frontera antes de que me caduque el visado, quiero ahorrarme unos km de bici. Me dice que puedo tomar un taxi por 20 euros y le digo que no. Me sugiere que vaya hasta el siguiente pueblo y, una vez allí, tomar un bus hasta la ciudad a la que quiero llegar por 5 euros. Me parece mejor idea y le digo que haré eso. Se queda pensando y me dice que también puede parar un Toyota tipo pickup (que se ven muchos en el país) y que me lleve por 10 euros….en ese momento me suena al doble y le digo que no, que mejor pedaleo hasta el pueblo.

Empiezo a pedalear y a los pocos minutos ya me estoy arrepintiendo. El pueblo está a 20km, pero hace mucho calor y tengo viento en contra, así que me va a costar dos horas llegar allí…..me estoy llamando de todo por no haberme gastado los 5 euros de más cuando, de repente, aparece el mismo policía de cara con un Toyota detrás. Me dice que le dé 5 euros al conductor y él pone los otros 5 de su bolsillo para que no tenga que hacer los 20km en bici!!

Al día siguiente, al pasar por el desvío de un pueblo, un chico me pide una foto. Paro y me invita a su casa, le digo que voy con algo de prisa, pero parece muy majo y acabo aceptando. Se llama “Kaka”, estudia en China y está ahora de vacaciones,  me lleva a su casa y me presenta a su hermano (que también estudia en China) y a su padre. Su padre le da dinero para que me lleve a un restaurante. Una vez más como solo (él ya había comido), pero es mi anfitrión el que paga la cuenta. Mientras como, me cuenta que no hay mucho futuro en su país y que, tanto él como su hermano, no tienen intención de regresar cuando acaben sus estudios.

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Kaka con su padre y su hermano Tagan.

Ya estoy adentrándome en el desierto y hace muchísimo calor. Calculo que bebo un litro de agua por cada 10km que hago, no porque tenga sed (en realidad tengo el estómago lleno de agua) sino porque, de no hacerlo, la lengua, labios y paladar se me secan tanto que parece que en vez de piel tenga una lija, así que voy metiendo sorbitos en la boca y aguantándolos un rato para humedecerlos un poco. En Irán rechacé varias sandías que me intentaron regalar por no tener que cargar con el peso, pero aquí acepté las dos que me regalaron gustosamente y era un auténtico lujo refugiarme de vez en cuando un rato a la sombra de un arbusto para comerme unos cuantos pedazos.

Mi prioridad, cada noche, era encontrar algo de agua donde refrescarme antes de dormir para bajarle la temperatura al cuerpo y lo hacía aunque tuviera que desviarme varios kilómetros por caminos de tierra.

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Pasando por una aldea.

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Habéis visto algo de agua por aquí?

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Regalazo al final de un día caluroso.

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No siempre hubo suerte con el agua, pero sí con las vistas 🙂

El último día de visado aún estoy a 140km de la frontera. Pensaba que iba a avanzar más, pero el viento quería jugar a otra cosa y me lleva varios días frenando. Ese día también sopla fuerte en mi cara. No estoy seguro de a qué hora cierra la frontera y no me quiero arriesgar, así que directamente me pongo a hacer autostop al lado de la carretera.

No hay casi tráfico pero, a la media hora, veo venir un camión que me hace luces desde lejos. El conductor para y, entre los dos, subimos a Vita encima de un montón de sacos de arena que lleva cargado el camión. El conductor, muy majo,  me dice que me vio el primer día en Asjabat y el tercero en Mary. Me da un par de refrescos y hacemos el viaje hasta Turkmenabat (la ciudad antes de la frontera) compartiendo charla y pipas y así, sin estrés ninguno, consigo salir de país a tiempo.

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Vita siendo transportada plácidamente hacía la frontera.

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Irán 4. Police! y otras historias más agradables

Regresé a Teherán en tren y pasé allí un par de días (otra vez en casa de Alireza). Aproveché para quedar por última vez con Korneel y también con Saleh (que me había dicho que le avisara cuando volviera y se tomó un tren desde Isfahan para venir a despedirse).

Había retomado las ganas de Vita y salí un día a las 4 de la tarde, disfrutando de nuevo de las caras de sorpresa, saludos sonrisas y fotos de la gente…..me había sentado bien tomarme un tiempo 🙂

Uno de los días que estuve fuera de la ciudad, hubo dos atentados terroristas que mataron a 12 personas. No sé si tengo cara de sospechoso pero, ese día, mientras subía castigado por el calor,  paré en una de las pocas sombras que vi en muchos km. Tuve la mala suerte de que el camino donde me paré llevaba a un cuartel. Enseguida se acercaron dos militares que me querían llevar dentro para pasar a un ordenador la tarjeta de la cámara que llevo en el manillar y ver lo que había grabado. Me pasé un buen rato intentando convencerlos, a los dos del principio y a dos que vinieron después, de que llevaba la cámara apagada y que no había grabado nada, lo cual no fue fácil pues su nivel de inglés estaba a la misma poca altura que el mío de farsi (el idioma local).

Cuando ya los había convencido, uno de ellos, que me había pedido que le regalara varias collares y pulseras que llevo en la bici (y hasta las chanclas que llevaba puestas), se me acercó “sigilosamente” (o al menos parecía que lo estaba intentando, aunque los otros estaban a menos de un metro) y me dijo “marihuana, marihuana”….no entendí muy bien si me estaba ofreciendo o era otra de sus peticiones, pero no me pareció ni momento ni lugar para este tipo de transacciones, así que le dije una vez más que no y prometí fijarme más en donde paraba en adelante.

Se me hizo de noche y no encontraba sitio para acampar.  Salí por un camino y paré a las afueras de un pueblecito. Pasaron dos jóvenes y me preguntaron qué hacía allí. Les expliqué que buscando un sitio donde poner mi tienda, me dijeron que esperara y volvieron a los 10 minutos con las llaves de un huerto vallado que había al lado.  Me dijeron que podía dormir allí y llevarme toda la fruta que quisiera al día siguiente. Se fueron dejándome allí pero, en menos de media hora, volvieron con unos pasteles de arroz envueltos en vegetales para que cenara.

Cuando me vieron cansado, se fueron y me acosté pero, a las 2 de la mañana tuve una visita de la policía (aún no sé cómo se enteraron que estaba allí) y sufrí mi segundo interrogatorio del día.

A la mañana siguiente, mientras recogía mis cosas, vi a dos personas mirando por encima del muro que protegía el huerto.  Me dijeron que eran policías y que les abriera. Por tercera vez me tocó enseñar bici, mapa  e intentar explicar con gestos que solo era un viajero. Llamaron a alguien que hablaba mejor inglés que ellos y, tras un pequeño y fácil interrogatorio, me soltó la pregunta definitiva:

– “¿ha hecho usted algo malo en su viaje?”

…y mi “yo? noooo!” debió sonar convincente, porque ya no hubo más preguntas y me dejaron tranquilo.

Pedaleé un  par de días más hasta llegar al mar. Mi ruta pasaba cerca de casa de Neda (la guía turística que conocí en Teherán) y acampé a 20km de su casa la noche antes de mi cumple.

Sin pensarlo mucho, se vino con un su hermana y una amiga, se trajeron el kit de picnic (que todo iraní que se precie lleva en el maletero del coche, ya que es una actividad que les encanta) y  cenamos allí mismo. También se habían traído un pastel y ganas de cantarme el “cumpleaños feliz”, pero abortaron el plan cuando se enteraron de que en España eran 3 horas menos y me dejaron allí durmiendo.

Al día siguiente, tras darme un baño en el mar, me fui a su casa. No la encontraba y un chico se acercó y me ofreció su ayuda. Yo tenía el número de la casa, él llamó para explicarles donde estábamos y el padre de Neda vino a por mí.

Y hago un pequeño receso para que entendáis un poco mejor el concepto de hospitalidad iraní: a partir de ese momento yo era “su invitado”. Le dijo a su hija que, hasta que saliera del país, sentía que tenía una responsabilidad conmigo y, de vez en cuando, le decía que me escribiera para ver dónde y cómo estaba. Por otra parte, el chico que me ayudó con el teléfono, se acercó a la casa mientras yo me duchaba para pedir permiso para llevarme con sus amigos y enseñarme los alrededores….a lo que el padre se negó, alegando que no podía dejar que su invitado se fuera con un desconocido.

Por la tarde, Neda, su hermana y la amiga me llevaron a un parque nacional. Estábamos en Ramadán y era un día de luto. El parque estaba cerrado pero la amiga, que era abogada, bajó a hablar con el guarda y le convenció de que nos dejara pasar contándole que yo era un viajero que venía de España y me llevaban allí para celebrar mi cumple. Así que pasamos la tarde con el parque para nosotros solos y acabamos, esta vez sí, con el pastel de cumpleaños y hasta me regalaron una preciosa pulsera que desde ese día llevo  siempre conmigo… aún tuve otra sorpresa, esa noche me tomé mi primera cerveza en Irán….. y me acosté más que agradecido por el buen trato que me habían dado sin apenas conocerme.

Continué mi ruta al día siguiente. La familia de Neda tenía un enorme jardín y se me ocurrió pedirles permiso para coger algo de fruta. Salí con una bolsa con unas pocas ciruelas, melocotones y albaricoques que se multiplicaron cuando el padre de Neda me la quitó de las manos diciendo que cómo me iba a llevar solo eso. Además,  su madre añadió varios tuppers de comida y, aunque me negué unas 10 veces, metieron varios billetes en el bote de donativos que lleva Vita….esa misma tarde, cuando ya estaba buscando un lugar para acampar,  se me rompió el enganche de la alforja donde llevo la comida por el sobrepeso!

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Rumbo al norte.

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Celebrando mi cumple con Neda, su hermana Nasim y su amiga Fathemeh.

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Despidiéndome de Neda y su familia.

Seguía acaparando muchísima atención por parte de la gente y todos los días eran muchísimas veces las que alguien intentaba que me parara para hacerse una foto conmigo. Para no saturarme,  decidí parar solo si había niños. En Irán prácticamente todos los jóvenes tienen Instagram y me cansé de parar con gente que solo quería subir una foto conmigo a su cuenta pero, si había un niño, daba igual que sus padres sí que se hicieran fotos (o que otra gente aprovechara para parar y ponerse en cola, literalmente, para hacerse la foto), sus ojos como platos y su sonrisa lo compensaban todo. La generosidad de la gente también seguía y todos los días me regalaban mucha fruta.

Por las noches, necesitaba estar conmigo mismo para cargar las pilas y rechazaba prácticamente a diario las invitaciones que me hacía la gente para que me quedara en su casa, así que acampé mucho esos días.

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Rumbo al este.

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Últimos días junto al mar.

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Últimos días junto al mar.

Me dirigía hacia el este del país sin saber si me habían dado el visado de Turkmenistán. Uno de los más complicados de este tramo del viaje.  Conseguirlo es una lotería y no parece haber ninguna lógica de por qué a unos se le dan y a otros no (de 8 viajeros que había conocido, solo se lo habían dado a dos).

Si no me lo daban, tendría que deshacer el camino y volver hacia atrás hasta la frontera de Azerbaiyán para tomar un ferry, cruzar a Kazajistán y entrar en Uzbekistán antes de que me caducara el visado de ese país….por si  eso fuera poco tenía que volver a Teherán a recibir una ilustre visita y tenía fecha fija para llegar a Tayikistán porque llegaba otra visita allí.

Eran demasiadas dificultades por un papel, así que llamaba a la embajada prácticamente a diario para quitarme la incertidumbre de encima. Normalmente no contestaban y, cuando lo hacían, solo conseguía un: “aún no hay respuesta para su solicitud, llame en unos días”. Finalmente, un día escuché el tan ansiado “su visado le está esperando en Mashad”. Estaba en el parking de un área natural y creo que no hubo un solo iraní de los que estaban allí que no se me quedara mirando mientras levantaba mis manos al cielo y daba las gracias repitiendo “Siiiiiii!!!”

Y me llevé mi alegría a pedalear:

 

 

Finalmente llegué a Mashad, recogí mi visado y pasé un par de días en la ciudad. Me escondía del sol durante el día (hacía muchísimo calor) y, por las noches, me iba al famoso mausoleo del Imán Reza, me sentaba en un rincón en la hora del rezo y me quedaba absorto viendo escenas como esta:

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Mausoleo del Imán Reza.

Como ya he comentado, tenía visita en Teherán. Fran, uno de mis interceptadores habituales, venía con su compañera, Mar, a verme unos días. Dejé a Vita en Mashad y me pasé una noche en un tren para poder verlos. Con los visados con fecha fija (que yo no sabía aún cuando ellos compraron los billetes) solo pude coincidir con ellos 3 días, pero fue todo un soplo de aire fresco compartir con ellos su alegría y buen humor y sus primeras impresiones al conocer un nuevo país durante ese tiempo.

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De turismo con Fran y Mar.

Volví a Mashad otra vez en tren, aprovechando la noche para viajar. Llegué por la mañana y empecé a pedalear ese mismo día, que ya iba con el tiempo justo para entrar en Turkmenistán.

En un grupo de whatsapp de viajeros había conocido a Alejandro, un cicloviajero español que venía detrás de mí. Él iba hacía Mashad a recoger su visa y yo tenía que volver atrás unos 100km para tomar el desvío hacia la frontera. Había ojeado su blog (www.orienteando.com) y me había ganado con una frase que había escrito “…encontré un viejo mapa de papel en que dibujé un plan, solo espero no cumplirlo”  así que tenía ganas de conocerlo. Le mandé la ubicación de un buen sitio donde yo había acampado cuando iba hacia Mashad y quedamos allí.  Compartimos cena, nos pasamos varias horas de palique y nos despedimos al día siguiente con la esperanza de reencontrarnos más adelante.

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Con Alejandro.

Seguí mi camino, acampé una noche más y, tras dos meses en este precioso país, salí hacía Turkmenistán, el primero de los “tanes” que había en mi camino.

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Último amanecer en Irán.

 

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Irán 3. Maravillas de la antigua Persia

Como iba diciendo….había llegado el momento de separarse de Vita. Había hecho los deberes en Teherán: ya tenía el visado de Uzbekistán, acababa de ampliar el de Irán y presentado los papeles para el de Turkmenistán. Para este último me dijeron que tenía que esperar 3 antes de tener una respuesta, así que le pedí prestada una mochila a Alireza y me dispuse a recorrer el país.

En Teherán fui varias veces a la cafetería de Eli y Hamid a tomar algo con ellos. Una de las tardes que iba a hacerlo, se me juntó de camino un chico, Saleh, que también se desplazaba en bici y que se quedó alucinado con Vita. Ni él hablaba casi inglés ni yo farsi, pero conseguí explicarle dónde iba y me preguntó si me podía acompañar. Le dije que sí y, una vez en la cafetería, aprovechó para que Eli me tradujera todas las preguntas que tenía sobre mi bici. Me dijo que vivía en Isfahán y, al contarle que tenia la intención de viajar por el país, me dijo que le avisara si iba para allá.

Isfahán era precisamente mi primer destino. Antes de tomar el tren nocturno que me iba a llevar a esa ciudad, le escribí un mensaje para decirle que llegaba al día siguiente. No hizo falta nada más: cuando llegué me estaba esperando y me llevó directamente a su casa. Allí pasé 3 días en los que su madre me estuvo cebando y él haciendo de guía turístico. Me llevó, unas veces con coche y otras en moto, a todos los rincones de esa preciosa ciudad, intentando colarme como local en los sitios en los que los turistas pagan 10 veces más que los locales y presentándome con orgullo a sus amigos.

Desde el accidente, tenía un dolor muscular en la espalda que me iba a más. En Teherán intenté ir a un fisioterapeuta, pero me dijeron que en este país no podías hacerlo sin antes pasar por un médico para que te firmara un papel autorizándote. Me pareció mucho lio y no fui, pero el dolor seguía aumentando: me molestaba hasta respirar fuerte y, a veces, las molestias se me extendían hasta el brazo. “Casualmente” (una vez más) Saleh tenía un amigo fisioterapeuta al que me llevó cuando le conté mi problema. Me hizo una sesión de acupuntura y me mandó unos ejercicios con los que, al cabo de unos días, quedé como nuevo….y no me cobró nada.

LRM_EXPORT_20170911_171738Saleh  en su casa, su madre al fondo.

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LRM_EXPORT_20170911_172001Isfahán.

Cuando Saleh ya me había llevado a ver los monumentos, cafés, escuela de música, museos, puentes y todo lo que pensaba que debía ver en su ciudad, me propuso llevarme al desierto a acampar. Ese día conocimos a una pareja de mexicanos (a los que también invitó) y nos fuimos, con un par de amigos suyos, a pasar la noche allí….que no a dormir, porque por la noche, con la luz de una hoguera y miles de estrellas, no apetecía nada meterse en la tienda y aguantamos hasta las 4 y, al día siguiente, a las 6 ya estábamos levantados para disfrutar de los bellos colores del amanecer pintando la arena.

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LRM_EXPORT_20170911_171629 LRM_EXPORT_20170911_164105En el desierto.

Me despedí con un gran abrazo de Saleh, más que agradecido por todo lo que hizo por mí y me fui primero a Shiraz (desde donde visité las ruinas de la antigua Persépolis), y luego a Yazd, otras de las maravillas de Irán. No quería ser una carga para nadie y me apetecía un poco de independencia, así que hice vida de hostal con otros viajeros en estas ciudades.

Y ahora, por fin, voy a hacer algo que hace mucho tiempo que quería hacer, callarme (bueno, en este caso parar de escribir) y dejar que sean las fotos las que hablen.

Solo comentar que no sabía muy bien lo que me iba a encontrar en estas ciudades. En Teherán había conocido a Neda, una guía turística que me hizo una pequeña lista de sitios a visitar. Eran solo unos nombres en farsi que me decían más bien poco y fui recorriéndolos sin saber muchas veces qué era exactamente lo que iba a ver….y tengo que reconocer que varias veces me emocioné ante lo que veían mis ojos.

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LRM_EXPORT_20170911_162651Persépolis.

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