Uzbekistán. Arquitectura para la vista y melones para el calor

Lo primero que me llamó la atención en Uzbekistán (aparte de que casi todos los coches funcionan con gas, que es algo que ya me sorprendió en Turkmenistán) es que la mayoría de la gente tiene varios dientes de oro. Era hasta raro cuando Vita le sacaba la sonrisa a alguien y no  brillaba ese metal en su boca. También me llamó la atención lo mucho que se bebe en este país. Lo normal es acompañar la comida con una botella de vodka (que se toman a palo seco) y tuve que pedir disculpas varias veces que me invitaron a comer por no aceptarlo y dejar solo que me invitaran a cerveza.

En un par de días ya estaba en Bujará, sin duda una de las joyas de la ruta de la seda. Una preciosa ciudad, con edificios bien conservados a pesar de los cientos de años de historia que tienen. Me alojé en el hostal Rumi, lugar de encuentro de viajeros. Me quedé allí 5 días y disfruté mucho esos días de descanso, paseos, lectura y cafés en esta idílica ciudad y, por las noches, de las cervezas y charlas con otros viajeros en el hostal.

Entre los viajeros que me encontré hubo varios españoles. Javier y Laura se hospedaban en el mismo hostal y estaban allí esperando unas piezas para reparar el camión adaptado por ellos mismos en el que viajan. A Elvira y sus padres, Olga y Carlos, los conocí de casualidad en un restaurante y, al día siguiente, volvimos a quedar. Tienen la sana costumbre de hacer un viaje familiar todos los años y, con su conversación y actitud, son un ejemplo de que se puede ser viajero y no turista aunque solo se puedan hacer viajes cortos. También me crucé con varios grupos en viajes organizados, no pude hablar mucho con ninguno poŕque, normalmente, tenían prisa por seguir a su guía, pero la verdad es que Uzbekistán me pareció un destino ideal para este tipo de turismo: es accesible (en pocos días puedes ver muchas cosas), barato y con muchísimas cosas bellas que ver.

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Bujará

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Con Elvira y su familia.

Salí de Bujará con las pilas más que cargadas.  Tuve que emplearme a fondo porque el viento seguía soplando en mi cara y el calor seguía apretando pero, después de unos días parado, siempre pillo a Vita con muchas ganas y disfruté mucho de las sonrisas cosechadas durante el día y de los momentos de paz acampando por las noches.

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De camino a Samarcanda

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Vendedoras de melones que te invitan a almorzar 😍

Me fui directo a Samarcanda,  otra de las míticas ciudades de la ruta de la seda, donde llegué al cuarto día ya casi anocheciendo. Me pillé un hostal, me di una ducha y salí a buscar un sitio donde cenar algo.

Mis pasos se dejaron guiar por una música lejana que llegaba a mis oídos. Llegué al frente de un edificio con jardín, era una especie de sala de fiestas llena de gente trajeada. Me quedé mirando unos instantes y alguien me invitó a pasar. Le dije que solo estaba de paseo y que ni siquiera sabía que era eso. Me contó que era una boda y repitió su invitación… aparte de que hace más de 15 años que decidí no ir a bodas, iba con chanclas, pantalones cortos y camiseta, por lo que no lo veía nada claro, pero el hombre insistió diciéndome que había más turistas…. y entré.

Me sentó en una mesa con los otros viajeros y muchos locales que lucían grandes sonrisas y mejillas coloradas por la cantidad de vodka ingerido. No paraban de brindar y yo aprovechaba los momentos entre brindis para lanzarme sobre la comida que había en la mesa, que tenía el estómago vacío y, viendo el ritmo que llevaban, miedo de salir de allí a 4 patas. La gente reía, bebía, bailaba, todo el mundo parecía feliz….menos los novios que, sentados en una mesa en un pequeño escenario, miraban la escena desde arriba sin participar en ella. Serios y cada cual sumido en sus pensamientos. Luego me enteré  de que en este país las bodas eran acordadas por las familias, por lo que seguramente se acababan de conocer ese día. Esa noche me ofrecieron un par de veces conseguirme una novia (en estos países la gente se casa muy joven y más de uno me miraba como un bicho raro cuando se enteraban de mi edad y de que no estaba casado), pero no consiguieron que bebiera lo bastante como para aceptar.

Samarcanda también es espectacular, de hecho, los antiguos edificios son más grandes e imponentes que los de Bujará pero, desgraciadamente, en la época en la que los rusos gobernaron el país, destruyeron parte de la ciudad para hacer grandes avenidas con tiendas a ambos lados por las que los turistas puedan desplazarse de un edificio histórico a otro, lo que la ha hecho perder mucho encanto.

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Samarcanda

En Samarcanda conocí a Tizian, un joven cicloviajero francés, soñador, simpático y de lo más agradable. Al igual que yo, Tizian iba hacía Tayikistan para recorrer la Pamir Highway (una carretera que recorre más de 1200km entre montañas y es de las más espectaculares del mundo) y decidimos viajar juntos.

Yo tuve que ceder en salir antes la ciudad y hacer más kilómetros cada día (a Tizian le quedaban pocos días de visado y tenía que salir del país) y el aceptó de buena gana la única norma que pongo cuando viajo con alguien: “tenemos todo el día para pedalear, yo por las mañanas me lo tomo con muuucha calma”…. y es que, entre lo que holgazaneo dentro del saco, el desayuno tranquilo, el café y recogerlo todo, me tiro más de dos horas desde que me despierto hasta que estoy listo para salir.

Fueron días largos y de mucho calor que solo conseguíamos aplacar cuando pasábamos cerca de algún canal con agua y no dudábamos en meternos dentro. Las expectativas cada día eran grandes: “ a ver si hoy encontramos un sitio para acampar con agua cerca y con sombra, para que mañana no nos de el sol en cuanto salga…y a ver si pillamos a algún vendedor de melones a última hora y así tenemos postre”….pero, en vista del paisaje, iban cayendo expectativas hasta que solo nos quedaba el consuelo del melón (muy famoso en esta zona desde hace siglos, el viajero Ibn Battuta ya los nombra en sus crónicas escritas en el siglo 14) que no perdonamos ni una noche.

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Ruta con Tizian

Y una pequeña anécdota para qué veáis lo barato que es este país:

Paramos a comer el penúltimo día en el país. Después de pagar, hacemos recuento del dinero que nos queda a cada uno en moneda local. Entre los dos tenemos 26000 soms: unos 3 euros. Tenemos que comprar pasta para dos noches, avena para dos desayunos, un poco de verdura, el tradicional melón, pan para almorzar mañana y, con un poco de suerte, que nos quede algo para parar mañana en algún restaurante y comer algo antes de cruzar la frontera. En ese momento me dio por reírme: sería imposible en Europa, pero aquí igual conseguíamos estirarlo….y tanto que lo hicimos! aunque tengo que explicar que, la última noche, el vendedor nos regaló el melón de turno y, el dueño del restaurante que encontramos antes de cruzar la frontera, nos puso un plato enorme y varios tés a pesar de que le habíamos dicho que no teníamos casi dinero (“money no problem”, comentó). Le dimos los 14000 soms que nos quedaban (1.5 euros) pero solo aceptó 10000 , así que aún nos sobró para comprar otro melón con el que celebrar esa noche que habíamos salido del país a tiempo y ya estábamos en Tayikistán 🙂

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2 respuestas a Uzbekistán. Arquitectura para la vista y melones para el calor

  1. Chelo dijo:

    Impresionante, un experiencia unica, un privilegio poder vivir, asi, no todo el mundo tiene esa capacidad y ese valor, enhorabona, 💋💋💋🚲🚲🚲🚲🚲

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    • Gracias Chelo!
      Sí, es todo un privilegio pero, en cuanto a la capacidad, no hace falta nada especial, el cuerpo se va adaptando y poniendo en forma con el paso de los dias….y, respecto al valor, solo tiene que ser un poco mayor que los miedos y las dudas 😉

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